La Nueva Crisis de Deuda comentada

Si alguna diferencia podrían marcar estos comentarios respeto del paradigma dominante con el que la ciencia económica ha venido tratando las distintas crisis económicas, es precisamente sobre su enfoque, el cual parecería ser fruto de una nueva construcción teórica, de una ciencia alternativa que estudia diferentes objetos y cuya comprensión de los problemas que tiene entre manos es explicada con una distancia más alejada de la realidad.

No obstante, lo que pretendemos hacer es acercar la crítica al paradigma iniciado con la publicación de Grundsätze de Carl Menger en 1871, e incluso mucho antes con los escolásticos españoles de mediados del Siglo XVI y XVII.

Los economistas de la Escuela Austríaca, tradición que concibe la Ciencia Económica como una teoría de la acción humana y no de la decisión individual, como tradicionalmente se expone, consideran que la economía debe construirse en base a razonamientos lógico-deductivos, a partir de unos pocos axiomas fundamentales que se extraen de la realidad,[1] y para esto ha desarrollado una teoría explicativa que permite profundizar tanto sobre la actual crisis de deuda, como otras que los ha venido ocupando.[2]

1. La Nueva Crisis de Deuda en la Teoría Austríaca de los Ciclos Económicos

a) La base teórica

La Teoría Austríaca de los Ciclos Económicos (TACE), es una herramienta desarrollada por Ludwig von Mises en su obra Teoría del Dinero y el Crédito de 1912, donde juega con tres ideas inconexas anteriormente :

1)     Mises parte de la forma en que David Ricardo explica el auge y depresión mediante la forma en que los gobiernos y el sistema bancario amplían las disponibilidades dinerarias y crediticias, provocando primero el incremento generalizado de precios con la evasión del oro, y luego la caída de los precios con la contracción monetaria.

2)     Más tarde, para poder explicar cómo la alteración de los precios afectaba el sistema productivo y por qué la subsecuente depresión era inevitable, Mises recurrió a un concepto de Böhm Bawerk, el cual hablaba sobre el concepto de capital y la estructura intertemporal del sistema productivo.

3)      Para completar la figura, el desarrollo de Knut Wicksell que diferenciaba la tasa de interés con la que se expandía el dinero y el que se creaba una vez producida la expansión.[3]

Dados los principales elementos en los que se desarrolla esta teoría, iremos avanzando sobre sus postulados, y a medida que rescatamos los elementos más importantes de La Nueva Crisis de Deuda.

b) El PUI o el sistema de banca central

La primera ficha que identificamos para construir nuestros comentarios es el Prestamista de Última Instancia (PUI) al que se apela para explicar las causas de la crisis de deuda, y que además resulta ser un enfoque al que la Escuela Austríaca de Economía podría sumarse en este sentido, pero con una explicación algo más ambiciosa, pues al identificar solamente el riesgo moral[4] como el único problema con el PUI, se pierde de vista la magnitud de los problemas que ocasiona no sólo sobre la deuda y los déficits recurrentes, sino sobre toda la estructura productiva con la sola existencia del mismo.

El antecedente más remoto del que se tiene registro sobre la naturaleza de los PUI, entes emisores o bancos centrales, es la constitución del Banco de Inglaterra en 1694, institución de la que el rey y algunos parlamentarios eran accionistas y que fue creado como un mecanismo para financiar el déficit de la corona, comprando títulos gubernamentales que el mercado rechazaba,[5] por lo que las emisiones del banco fueron revestidas de curso forzoso con la posibilidad de suspender pagos en metálico.

El origen de las crisis económicas viene por parte de la expansión monetaria en la que incurren estos bancos centrales, pues al no solamente afectar el nivel general de precios -como afirmaría la Escuela Monetarista, por ejemplo- sino a la estructura de producción en sí misma, el primer camino que toma es hacia la compra de determinados bienes y servicios, para luego generar efectos en toda la estructura productiva.

La autoridad monetaria toma decisiones entre uno de tres caminos posibles: a qué tasa contraer, expandir o dejar inalterable la masa monetaria. Cualquiera de las dos primeras opciones tiene como resultado la alteración de los precios relativos. Y con la tercera opción, cuando la política fuese dejar inalterable la cantidad de dinero, se concluye que si el mercado hubiese demandado más o menos numerario, se habrá iniciado un proceso deflacionario o inflacionario. Sin embargo, si la cantidad de masa monetaria que circula en la economía es la que demanda el mercado, no tendría sentido la función del ente emisor, dado que la única forma de caer en cuenta sobre cuál sería la cantidad deseada, es permitiendo que los mercados operen en materia monetaria.

El problema entonces, está en la existencia misma del banco central y no necesariamente en la independencia que debiera tener respecto de las presiones del poder político de turno, pues las dificultades que se presentan son exactamente las mismas: los errores de juicio económico pueden cometerse en forma independiente, pero no dejan de ser errores.[6]

En determinado momento, Milton Friedman llegó a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central,[7] pero quien supo identificar la otorgación del privilegio a los gobiernos como prerrogativa real la posibilidad de financiarse con distintas finalidades, fue Friedrich von Hayek en Denationalisation of Money[8] y Toward a Free-Market Monetary System.

c) El rol del BCE en la crisis del euro

Otro es el hecho de haber vulnerado el Tratado de Maastricht que creaba la Unión Europea, el cual había generado escepticismo en relación la capacidad de endeudamiento y gasto de los gobiernos con una misma moneda, pero no sobre los efectos del control de la cantidad de dinero en circulación, y mucho menos como financiamiento de los gobiernos de la Unión.

Para los países fiscalmente disciplinados como Alemania u Holanda, resultaba poco atractivo el compartir la misma moneda con países de conocida voracidad fiscal como Grecia, España, Portugal o Irlanda. La unión monetaria, sin embargo, siguió su camino hasta que estos países alcanzaron déficits tan extravagantes que hoy resultan una amenaza para la estabilidad del euro o su misma existencia.

Para salir de esta encrucijada, se planteó una serie de iniciativas sobre las que han girado los debates académicos y las reuniones de mandatarios europeos, como la creación de un Fondo Monetario Europeo (FME) a imagen y semejanza del Fondo Monetario Internacional (FMI), el rescate “solidario” de los estados miembros más débiles por parte de los más fuertes, la intervención del FMI, e incluso la expulsión de los estados que violaron los acuerdos fiscales. Sin embargo, con el diagnóstico equivocado de la crisis, estas rústicas intervenciones tienen cargo al contribuyente, y terminan siendo simples transferencias del fruto del trabajo ajeno hacia sectores de la economía europea que no fueron productivas.

Cuando el G-20 se reunió para tratar la crisis desatada en EE.UU., el organismo determinó que ésta había sido causada por los excesos del sector privado, olvidando totalmente la responsabilidad del sector público (algunos llegaron tan lejos como el presidente Sarkozy, que incluso lanzaron alegatos en contra de los excesos del capitalismo y que existía la necesidad de moralizarlo).

Al igual que en la década de los años treinta, la recomendación de la doctrina keynesiana para los gobiernos ante los problemas de deflación y desempleo, ha seguido siendo el aumento del gasto mediante la emisión de deuda, es decir, que el Estado tenga la capacidad de comprar los títulos de deuda pública (dar dinero a cambio de ellos) para aportar más dinero al mercado. En este caso, el Banco Central Europeo (BCE) ha adquirido enormes e insostenibles pasivos, pero no en el sector el hipotecario como sucedió en EE.UU., donde forzosamente se prestó dinero a familias sin garantías, sino en deudas y obligaciones contraídas por países sin garantías, y que además ya sostenían una política de gasto y endeudamiento por sobre sus capacidades.

En la práctica, todo ello supone desplazar o sustituir la iniciativa privada por la intervención pública, debido a que el Estado, al competir con la empresa privada para conseguir medios de financiamiento, provoca el incremento de los tipos de interés y, por tanto, la disminución de la inversión privada, distorsionando toda la estructura productiva, como anteriormente habíamos anotado.

Ahora bien, Grecia ha sido finalmente rescatada, luego de un largo duelo de dos meses y a pesar de que la zona del euro se apoyaba en los principios de su fundación de no rescatar a aquellos miembros indisciplinados. Como la economía más grande de la Unión Europea, Alemania exigió en varias oportunidades, con el apoyo de Holanda y Austria, que Grecia pague precios de mercado por cualquier préstamo de rescate, es decir, que no se la privilegie con tasas que concede el BCE, ya que las mimas son inferiores a las que el mercado establece en eficientemente.

Es de esperar que ahora este exceso de liquidez se traduzca en inflación, y que una nueva y más grande burbuja crediticia haya empezado a crecer por cubrir deuda con más deuda, pero lo que aún no se ha advertido es lo que podría suceder con otros países igualmente o más endeudados en la zona euro.

2. ¿Cuán grave es el problema?

El mercado, que es un proceso espontáneo eficiente, termina detectando estos errores de inversión, identificando las inversiones que no tienen demanda, es entonces el momento en que llega la recesión, primero como crisis financiera y luego como crisis económica, pero entendida como un proceso sano y necesario de reajuste.[9]

No cabe duda que la situación de la economía de la Unión Europea ha tocado fondo, y la prueba de que se ha efectuado el ajuste es el elevado nivel de desempleo y la consideración de los planes de estímulo keynesiano ante los temores de haberse iniciado un proceso deflacionario.

De acuerdo con el análisis económico tradicional, los consumidores entenderían que no merece la pena comprar hoy si mañana será todo más barato, ante la caída sostenida de los precios, forzando ajustes en los niveles de empleo y producción, y postergando además todo proyecto de inversión. Presumir que esto sucederá, sin embargo, también significa decir que los agentes nunca comprarán nada, lo cuál carece de sentido.

Se trata de un proceso de reestructuración de los mercados, es un proceso de contracción crediticia que permite identificar aquellos negocios y proyectos no viables, financiados indebidamente y que no podrían asumir el golpe de la crisis internacional.

Con esta premisa, uno se preguntaría cómo podrían hacer más dinero las empresas si sus productos valen cada día menos. Pues haciéndose más eficientes. El único tipo de empresas que pueden darse el lujo de sostener ineficiencias que cargan su responsabilidad a los consumidores, a través del precio, son las monopólicas.

Así, con un proceso deflacionario se favorece a los consumidores, sobre todo a los pensionistas y acreedores; con un proceso inflacionario, en cambio, se favorecía a los deudores. Lo que es bueno para los consumidores es bueno para todos, pues cuando la gente ahorra, lo hace por una razón, y es para gastar más tarde.

Un efecto deflacionario provoca un desincentivo para el préstamo, pero al mismo tiempo, para aquellos que estuvieron ahorrando en época de vacas gordas, existe un incentivo para invertir, es decir, buenas noticias y grandes recompensas para negocios correctamente capitalizados.

3. ¿Qué queda por hacer?

Para los plazos inmediatos, lo primero será una reducción mucho más agresiva del gasto público, para además lograr no tener que incrementar impuestos y, lo segundo, liberalizar el mercado de trabajo, permitiendo que las empresas queden aliviadas de esa carga tan pesada que es la de bajar costos y honrar deudas al mismo tiempo.[10] Y lo que hace falta, finalmente, es una economía muy flexible para movilizar rápida y masivamente los factores de producción -sobre todo mano de obra- desde los proyectos de inversión que no son viables hacia aquellos que son sostenibles y correctamente capitalizados.

Más tarde podría recomendarse una profunda reforma para no volver a caer en profundas y prolongadas recesiones:

1)     Europa –y no necesariamente la Unión Europea- sería capaz de crecer en forma sostenida si se limita a garantizar la libre circulación de personas, capitales y bienes, y además mantiene una moneda única. Lo demás, por lo pronto, limitaría la competencia entre los países.[11]

2)     Sostener la existencia del euro es positivo solamente en términos relativos, es decir, respecto de las monedas nacionales. La moneda ideal debe ser privada, a imagen y semejanza del patrón oro clásico.[12]

3)     Es necesario, por otro lado, volver al coeficiente de caja del cien por cien para los depósitos a la vista de la banca privada, con la finalidad de impedir que se reinicien expansiones crediticias sin un respaldo de ahorro real voluntario.

4)     Y, finalmente, la abolición pura y simple de los bancos centrales que ya no serían necesarios como prestamistas de última instancia.

Desde luego, estas recomendaciones han generado siempre mucha polémica entre economistas que comparten la misma tradición, pero en el entretanto, podemos relatar la discusión –académica, al menos- sobre forma en que debe ser abordada la recesión.

¿Es recomendable el abandono del euro?

Paul Krugman ha recomendado, en más de una oportunidad, el abandono del euro por parte de países altamente endeudados como Grecia y España, con el fin de acudir a una política monetaria propia para devaluar su moneda contra las otras monedas europeas.

La respuesta parecería obvia, pues existe el riesgo de utilizar la moneda en la manera más perversa, como ya antes lo habíamos anotado. Sin embargo, algunos representantes de la Escuela Austríaca contemporánea como Richard Ebeling, han sostenido que, en caso de no ser posible la abolición de un gran monopolio monetario en el corto plazo, lo mejor será limitar el monopolio geográficamente a economías locales, lo cual implicaría el abandono inmediato de la moneda del euro.

En cuanto se escuchó esta posición, de manera inmediata, surgieron voces colegas en contra. Quienes, sin manifestar entusiasmo alguno por el euro, han defendido la existencia del mismo, fundan su argumento en el hecho de que una moneda única es mucho más parecida a un sistema de patrón oro, frente a lo que serían una serie de pequeñas divisas con tipos de cambio “flexibles” sometidos a sistemas inflacionistas de cada uno de los Estados miembro. Y el euro, en este sentido, es un invento mucho más imperfecto que el oro,[13] pero mucho menos imperfecto que las divisas internacionales.

Lo que apunta esta réplica es que el fracaso está en el hecho de que el euro pueda ser manipulado por el BCE, y no el hecho de que el BCE haya promovido la burbuja inmobiliaria por la sola existencia del euro.

En palabras del español Rallo, “la división territorial de los monopolios monetarios no representa un paso en la buena dirección, sino, al contrario, se trataría de una precipitación de lo peor de los mundos; la única forma saludable de establecer competencia monetaria en Europa no es volviendo al nacionalismo monetario que denunciara Hayek sino, como también propusiera el austriaco, eliminar las leyes de curso forzoso y desnacionalizar el dinero”.

Ese parecería ser un dilema resuelto, pero si de plantear disyuntivas que representen otro tipo de desafíos y preguntas aún sin respuesta aparente para ampliar las dimensiones del debate se trata, el saber identificar el auge artificial y además diferenciarlo de una recuperación, es uno de ellos, pero ¿será posible, además, controlar el auge?

4. Conclusiones

Es necesario deducir que si no se reforma el sistema bancario mundial, seguirán sucediendo las recesiones económicas; que aquellos que critican a los mercados se equivocan ampliamente porque la crisis financiera y la recesión son resultado de la intervención y planificación de los bancos centrales, que son responsables de la política monetaria, expandiendo la masa artificialmente y sin previos ahorro real voluntario; y que el “espíritu animal”, la avaricia y los especuladores son simplemente parte de los síntomas, y no las causas profundas, las cuales, consecuentemente, son parte del objeto de la ciencia económica.

Toda intervención gubernamental en la economía se basa en la creencia de que las leyes económicas no operan, que los principios de causa y efecto pueden ser suspendidos, que todo en la existencia es manipulable, excepto el deseo de los gobiernos que no permiten que la economía y el sentido común se interpongan en su camino.

Si la zona del euro fuese una economía libre, solamente el empresario y su entorno sufrirían las consecuencias de un error de juicio económico, pero al tratarse de una economía controlada, la Unión entera sufrirá las consecuencias de un mal juicio económico que cometa cualquier planificador central.

Este es un trabajo realizado como comentario sobre el Coloquio Económico Nº 17 de Fundación Milenio, La Nueva Crisis de Deuda.


[1] En determinado momento, Hayek señaló, como el término más adecuado para referirse a esta ciencia, la Praxelogía que Ludwig von Mises desarrolló.

[2] El más importante de todos es el que ya se mencionó con anterioridad, el axioma de la acción humana, con el cual se entiende que los hombres eligen sus finas por tanteo, y buscan medios adecuados para conseguirlos, todo ello de acuerdo a sus individuales escalas de valor.

[3] Más adelante, el concepto sería más fácil de entender, conceptualmente hablando, como dinero “fácil” o “barato”.

[4] El riesgo moral es un riesgo excesivo que corren tanto los deudores como los prestamistas, sabiendo que habrá un rescate para evitar pérdidas.

[5] BENEGAS LYNCH (h), Alberto. 2002. Dolarización, banca central y curso forzoso. Pág. 4.

[6] Cuando se ha comprendido la necesidad de abolir este sistema, se abren varias vertientes de investigación que sugieren volver al patrón oro y el establecimiento del coeficiente de caja del cien por cien, la desnacionalización del dinero y la competitividad de las monedas con emisión privada, o incluso una moneda global con respaldo en oro, por ejemplo.

[7] Luego abundó sobre la temática en Money Mischief y Should There be an Independent Monetary Authority?

[8] The Institute of Economic Affairs. London, 1976.

[9] Primero la financiera porque los activos se valorizan a un nivel inferior al que valían en un principio, es decir, cuando esos errores son descubiertos, se inicia un proceso de pérdida de valor de los activos, y como el pasivo sigue siendo el mismo, los bancos se vuelven insolventes y llegan al punto de quebrar.

[10] En el caso del euro, el mercado laboral es muy rígido, haciendo que el proceso de reajuste sea más doloroso.

[11] Por ejemplo, si el euro es mejor que el marco alemán, y su política monetaria es más sensata que la nacional, las monedas están, de todas maneras, expuestas a errores de juicio económico.

[12] El oro solía ser una moneda de uso internacional porque no se basaba en leyes de curso forzoso y su valor se mantenía independientemente  de lo que sucediera con la situación fiscal de los países. Hoy, la producción anual de oro en el mundo se ubica entre un 1 y un 2 por ciento, además de que no puede ser fácilmente falsificado ni manipulado por los gobiernos.

[13] Porque, en suma, su valor termina siendo influenciado, tarde o temprano, por los gobiernos que conforman la Unión.


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