¿Importa quién dirija el FMI?

Aunque no con demasiada sorpresa, la candidatura de Christine Lagarde frente a la de Agustín Carstens para dirigir el Fondo Monetario Internacional desde este próximo 5 de julio, ha sido la ganadora. Varios sostienen que si se hubiera tratado de experiencia, trayectoria y credenciales académicas, Carstens hubiese obtenido el puesto con amplio margen. Fue una de las piezas clave en el encargo de la Crisis del Tequila y cuenta con un doctorado en economía por la Universidad de Chicago. Y no es que Lagarde no cuente con un record igualmente competente. Por su lado, podría tener un bono extra por ser Ministra de Asuntos Económicos en una de las ocho economías más capitalizadas del mundo, la de Francia, demostrando además, que una persona formada en leyes y ciencias políticas también sería capaz de asumir desafíos económicos.

Como afirmaría uno de los mayores críticos del organismo, Joseph E. Stiglitz, los dogmas que el FMI arrastra desde hace años ya venían siendo cautelosamente trabajados por Dominique Strauss-Kahn, pero el momento sería uno muy oportuno para darle un empujón en ese objetivo y así ganar mayor credibilidad y fortaleza para hacer frente a una seria recaída de la economía global, teniendo mayores márgenes de acción en, sobre todo, los controles de capital y el mercado laboral, más allá del debate sobre si la crisis fue realmente causada por la inestabilidad e ineficiencia de los mercados libres y sin control. Así que Lagarde bien podría representar la bocanada de aire fresco que el organismo necesita.

No obstante, los desafíos de Lagarde, lógicamente, no se limitan al interior del organismo y más bien resultan un caso emblemático para entender la manera en que los grandes gobiernos asumen –provocan, postergan o agravan, podría decirse en realidad- las crisis económicas internacionales.

Si acaso el rebote del Dow Jones hasta los 12.188 puntos aquel día, luego de un par de semanas de recaída corriendo la banda de los 11.000, haya sido la reacción de los mercados ante la confirmación de Lagarde frente al FMI, sólo puede significar una cosa: más y mayores rescates de economías en quiebra, y si a esto le añadimos que una de las fortalezas más reconocidas de Christine Lagarde es su capacidad de negociación, el hecho de que la zona del euro sea hoy la prioridad para el Fondo deja entrever un hecho sobre el que muy pocos han advertido: antes de que el socialista Strauss-Kahn fuera acusado por intento de violación y tuviera que renunciar a su cargo, se perfilaba como una muy importante candidatura -si acaso no la más potable- para dirigir el próximo gobierno francés, así que el nuevo rol de Lagarde cumple el mismo objetivo de mantener el dominio europeo que siempre tuvo al interior del organismo, el cual viene acompañado de más rescates con fondos que provienen de más allá de las fronteras europeas, como las de Estados Unidos, país que también juega con la insolvencia.

Aunque a estas alturas, con tanta complicada teoría conspiradora y vueltera que no termina por aterrizar, el sentido común ya debería empezar a reconocer al propio FMI como parte del problema, y no necesariamente identificar quién y cómo maneja el organismo. La crisis podría ser más grande y complicada que la capacidad de Lagarde, Carstens e incluso Fischer  juntos en la dirección del FMI, no por sus desafíos, sino por la propia naturaleza del ente que pretenden.

Sucede que el FMI sólo sirve para que los países continúen incrementando la expansión crediticia y, por tanto, la deuda por encima del ahorro real de sus economías. Así, las industrias que no son solventes y que deberían liquidarse, continuarán siendo sobredimensionadas financieramente para que nuevamente caigan en la insolvencia y la quiebra, el típico círculo vicioso generador de poder que destruye capital y genera pobreza.

No es coincidencia que el Fondo esté conformado por más de dos tercios de los países socialistas del bienestar, un organismo que se caracteriza nada más que por ser un cuantioso prestamista de recursos ajenos para proyectos de ajustes parciales y condescendientes para controlar precios, propagar inflacionismos crónicos y gastos públicos desenfrenados para la creación de empresas públicas corruptas y deficitarias (huelga mencionar la manera en que se incubaron las fortunas de personajes como Mobutu, Amín Dada o Mubarak). Luego, por supuesto, llegan las devaluaciones y el incremento de impuestos.

El FMI, banquero de bancos centrales, parte de la mega burocracia internacional “solidaria”, es la instancia que más contribuye a cebar crisis tan espectaculares como las de Argentina, Rusia, Tailandia o Turquía con subsidios cruzados, evitando el regreso de las personas a su país o la repatriación voluntaria del capital que antes espantaron por no contar con créditos razonables y basados en el ahorro.

Solamente queda una solución: el ahorro individual privado y el respeto sobre la propiedad del mismo, que no es más que el reconocimiento de la relación directa que existe entre el esfuerzo y la recompensa, cosas sobre las que los rescatistas del socialismo interventor en el FMI no tienen la menor idea, si es que acaso alguna de las economías que descontrolan no llegase a la quiebra.

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