Infame semana socialista

Infame porque, como hubiera dicho Mises, “hemos sobrevivido al corto plazo, pero ahora sufrimos las consecuencias de largo plazo de las políticas [keynesianas]”, y porque en un momento en que el gasto deficitario, el dinero fácil y el Estado del Bienestar han terminado de abrir las puertas al Leviatán, los máximos exponentes de la economía contemporánea carecen de honra, porque el estudio de la economía no tendría más crédito que perder, porque se cree que la estimación por Marx y Keynes ha sido resucitada, cuando jamás se ha ido en realidad.

El lunes 15, se recordó el día en que hace cuarenta años Richard Nixon terminó con la convertibilidad que el dólar tenía con el oro, pero también fueron días en los que su cotización internacional (USD 1824.25, hoy jueves) ubicó al oro en un punto donde el mercado difícilmente puede considerarlo como un artículo estándar referente de lujo, sino como un activo de reserva de valor e incluso como medio de intercambio comúnmente aceptado, pero además sin que lo haya determinado ninguna caterva de políticos mareados con el poder del prejuicio económico.

Aunque aún muy lejos, podría ser la más clara señal hacia la reconstrucción monetaria que terminó de ser destruida en 1971. Sin bien jamás hubo un sistema de banca completamente libre o un claro y consistente patrón oro, esa intercambiabilidad con el dólar aún mostraba el prerrequisito por el cual una economía podía sostener el esquema de la división del trabajo; en cambio, el mecanismo terminó de ser destruido para que la molesta limitación para crear crédito y dinero de la nada sea sometida simplemente a promesas gubernamentales y al canibalismo social del sistema democrático de mayorías versus minorías, dio paso a que los políticos pudieran crear la magia de gastar y consumir sin ahorrar y producir, y además rescatar a sus amigos de la quiebra de sus fraudulentos negocios.

Entre el mismo lunes 15 y el martes 16, los economistas de la intervención parecían estar celebrando este hecho olvidándose de la farra que se dieron con la calificación de deuda, y quitándose la careta: Nouriel Roubini invocó la tediosa y pesada obra marxista de 48 volúmenes, no para reconocer su fracaso, sino para decir que “la globalización, la descontrolada intermediación financiera y la redistribución conducirían al capitalismo a su autodestrucción” y que además es necesario aumentar y acelerar todas, una por una de las medidas que llevaron al mundo occidental al agujero en el que hoy se encuentra: “estímulos fiscales adicionales dirigidos a las inversiones en infraestructura productiva; impuestos más progresivos; más cantidad de estímulos fiscales a corto plazo junto con disciplina fiscal de mediano y largo plazo; más apoyo de préstamos de última instancia por parte de las autoridades monetarias a fin de prevenir corridas bancarias destructivas (llámese rescates); reducción de la carga crediticia de hogares y otros agentes insolventes; supervisión y regulación más estricta de un sistema financiero que está fuera de control; y fraccionamiento de los bancos que son demasiado grandes para quebrar y de los fondos de inversión oligopolísticos.” Pura mota marxisto-keynesiana hecha deseconomía.

Paul Krugman, por las mismas fechas… Ay Krugman, se mandó una más de campeonato al decir que lo que realmente necesitaría la economía estadounidense para salir del agujero en el que sus adulones siguen cavando, es no necesariamente embarcarse de nuevo en una nueva guerra (porque podrían confundir su idea con las erráticas de Bush) sino que podría invocarse una de Spielberg: estimular el gasto y el consumo por si acaso sucediese una invasión extraterrestre, claro, para sostener el crecimiento hambriento al que el los adláteres de Keynes están acostumbrados: alcanzar el pleno empleo ocupando gente para absolutamente nada, aunque su prioridad fuese buscar qué comer.

Pero por si no fuese suficiente socialismo impresentable, Warren Buffet, el tercer hombre más rico del mundo, ha vuelto a arremeter con su mentalidad anticapitalista, ha pedido a los EEUU que dejen de mimar a los más ricos, que mientras algunos ciudadanos no alcanzan a fin de mes, los mega ricos mantienen sus extraordinarias exenciones tributarias… el auto sacrificio por otro es un deber moral más alto, de que no puede vivir por su propio bien si acaso no puede sacrificase por otros, es decir, aunque esta vez desde la vertiente conservadora (cuidado con no entregar riqueza antes de que alguien más lo haga por uno), una variante más del socialismo que busca culpables entre quienes trabajan y además son exitosos por beneficio propio, aquel socialismo que castiga la ambición de ser más y mejor por mérito propio.

Ninguna de las nuevas ideas (prejuicios) de estos cinco señores (Nixon, Keynes, Roubini, Krugman y Buffet) es realmente nueva. ¿Es acaso el gasto y la inflación la solución contra la pobreza y sobre todo para los más desposeídos? ¿Es acaso la existencia de ricos y su instinto, interés personal y capacidad de generar riqueza el problema de la pobreza? ¿Acaso el mercado no es el que permite abaratar todo medio necesario, y de manera constante, la mejor manera de prestar un mejor y mayor número de servicios para “redistribuir” riqueza?


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