Reseña: Un lugar para la moneda

Sobre todo en círculos académicos públicos donde el catedrático, orgulloso de no necesitar el uso de una calculadora para conocer el resultado de la fórmula que enseña hace treinta años, y que copia en la pizarra de unas hojas amarillentas por el tiempo y con anillos de café, la sola idea de manifestar admiración por un verdadero héroe de la libertad como Milton Friedman, ha sido siempre una herejía. Es la mejor manera de ser ignorado, pero luego de que quienes apenas sospechan de que la libertad no es una llana y cómoda postura académica, sino un principio moral de ejercicio cotidiano con cada vez más adeptos, uno podría incluso convertirse en enemigo político, sobre todo en tiempos donde el respeto irrestricto por los planes de vida de otro no pasa de ser una simple extravagancia necesaria para justificar el pluralismo.

Armando Méndez ha presentado hoy Economía Monetaria, lo que en sus palabras viene a ser (prólogo):

“[Un libro] que busca llenar un sentido vacío que enfrentan los estudiantes en nuestro medio, [para] los estudiantes de economía en Bolivia que tienen una formación muy débil en microeconomía”.

Para quienes solamente saben de su vertiente monetaria, Méndez hace bien al dejar claro que para entender la institución del dinero es necesario conocer su dinámica y la manera en que se interrelaciona.

Aunque sin mayor rigor, deja entrever las ideas a las que el libro responde tomando citas no sólo de Friedman, sino de autores que, como no podía ser de otra manera, han contribuido a concebir al individuo como la razón (y no a la creencia que suponen los adláteres del Leviatán) detrás de todo el edificio teórico del mercado de una manera tan diversa como Locke, Jefferson y Smith, pasando por Rand y Hayek para continuar con North, Buchanan, Fukuyama, Sorman y De Soto. algo verdaderamente notable para quien durante la licenciatura no conoció asignatura alguna que contemplase un mínimo programa de investigación con tal base teórica.

No obstante, y como es natural, la corriente monetaria de Friedman no es la excepción a la economía de la intervención. Nadie que se precie de ser serio podría afirmar que hay palabras finales en economía, que aquella se trata de una ciencia terminada, y mucho menos podría concluir que se trate de una ciencia exclusivamente dura, pues desde la misma vereda del liberalismo también puede anotarse diferencias. Por supuesto que Méndez no sería capaz de semejante conclusión, difícilmente pretendería una última palabra y mucho menos buscaría confundir a sus estudiantes.

Si bien Méndez ha preferido escribir su libro desde lo que distintas escuelas de pensamiento comparten, también ha dejado en claro que cuando no hubiese citado a algún autor, es porque aquellas afirmaciones (prólogo):

“Hace mucho tiempo pasaron a ser parte reconocida de la Ciencia Económica”.

Pues bien, como el consenso –que denota colectivismo- es el primer enemigo de la ciencia y, por tanto, de la libertad, es importante apuntar que sobre todo en metodología, sistemas monetarios alternativos, ciclos económicos y el rol del gobierno en la economía, Méndez no ha citado autor alguno, tal vez porque no habría nada más que decir al respecto; ha dejado fuera a otros autores y escuelas liberales que más que confundir a los estudiantes, bien podrían facilitar la comprensión de la moneda y su importancia en el esquema de mercado.

Lo primero que se hace en el libro es apelar al método empírico para demostrar que las ideas pro mercado funcionan, acaso porque los datos estadísticos convencerían a la gente más fácilmente que el puro razonamiento lógico. Pero esta no es necesariamente una crítica de Armando Méndez (o de la Escuela de Chicago, ya que John Bates Clark, Frank H. Knight o George J. Stigler no aparecen a lo largo de todo el libro) sino de Milton Friedman y su irrenunciable método positivista (1953) “tan peligroso como la Teoría General de Keynes”, en palabras de Hayek, que en vez de tratarse de una teoría coherente para persuadir a otros sobre algún punto de vista en particular, podría simplemente ser una estrategia. Desarrollar economía verbalmente, traducirla luego en símbolos lógicos, para nuevamente traducirla al lenguaje verbal carece de sentido y viola el principio científico de la Navaja de Ockham, que aboga por la mayor simplicidad posible en la ciencia y evitar la mayor multiplicación de procesos. Sencillamente, no hay manera de que la lógica verbal sea inferior a la logística matemática.

Respecto de la moneda, aunque sí deja entrever la facilidad de producir billetes -en este caso para el sistema de banca central- y cuando implícitamente explica que la causa de la inflación debe buscarse en la emisión de moneda, Méndez hace muy poca o casi ninguna referencia sobre la constitución del dinero fiduciario (p. 102). Y este es tal vez el aspecto más importante que se ha dejado de lado en el libro. Ha dedicado solamente la parte de un párrafo y un pie de página a las virtudes del oro. De esta manera, la posibilidad de que el episodio hiperinflacionario en Bolivia no vuelva a suceder (p. 110) está ausente en el libro. Méndez escribe sobre la naturaleza del dinero inspirado en Ayn Rand (p. 132), omitiendo, no obstante, el hecho de que Rand haya sido una de las más férreas defensoras del sistema de patrón oro en el siglo XX. El libro difícilmente puede haber sido escrito desde una trinchera de lo político, donde lo que se busca es lo más cercano a la solución de un problema, sino desde el campo académico, donde un teórico debería siempre abogar por la solución de un problema.

Esto es así simplemente porque el monetarismo –así como el keynesianismo- es típicamente carente de una teoría del capital y, por tanto, impide entender la manera en que la expansión crediticia afecta a la estructura productiva. Por ejemplo, para los monetaristas, la inflación afecta de manera uniforme y proporcional a todos los sectores de la economía, dejando de lado sus efectos cualitativos. Incluso lo manifestaron así Anna J. Schwartz y el mismo Milton Friedman (1979, p. 91):

“La confianza que tenemos en nuestro conocimiento del mecanismo de transmisión es poca, excepto en términos tan amplios y difusos como para constituir algo más que la representación de una impresión, en vez de un verdadero plano de ingeniería”.

Por ejemplo, la visión mecanicista, agregada y promediada de la Teoría Cuantitativa del Dinero (p. 135) trata la inflación como que ésta afectase uniforme y proporcionalmente a todos los sectores de la economía, por lo que no incidiría desajustando y descoordinado la estructura de la producción en sus distintas etapas; es un punto de vista que ignora los efectos microeconómicos del crecimiento monetario sobre la estructura productiva. Es así que la macroeconomía solamente podría tener importancia porque distorsiona el proceso de coordinación microeconómica.

Cuando ante una crisis (como la actual), Milton Friedman y los monetaristas optan por la re-inflación, donde la cantidad de dinero aumenta en forma moderada y estable año a año, acompañando el crecimiento económico y manteniendo un nivel estable de precios (como hoy lo hace la Reserva Federal), no ven que ésta (Hans F. Sennholz 1979, p. 91):

“Tiende a agravar los desajustes y a demorar los ajustes necesarios. Por tanto, siempre que se aplicara la teoría monetaria de Chicago, ello no sólo prolongaría la recesión, sino que sería la causa de que muchos precios aumentaran debido a ella”.

Sucede que la inflación y la expansión del crédito son muy similares, casi lo mismo en realidad. La diferencia está en que en el primer caso, todo el nuevo dinero va directo al mercado crediticio y, aunque no sea gastado en consumo, sí termina siendo prestado en el sector empresarial. Por tanto, la primera consecuencia de la expansión del crédito es la expansión empresarial, viniendo todas las consecuencias como efecto de ésta última. En el segundo caso, el dinero adicional se dirige hacia las manos de quien vaya a gastarlo, como el gobierno en el gasto corriente, por ejemplo. La secuencia es distinta tanto del crédito como de la inflación, pero ambos son lo mismo en esencia, porque así como el dinero de la inflación alcanza el mercado de inversiones, el dinero de la expansión empresarial habrá alcanzado el mercado del gasto.

Ahora bien. No obstante de que Friedman pensara esencialmente en términos macroeconómicos, alguien como Hayek (Reason, 1977) sostendría:

“Ruego a Dios que el público en general nunca deje de creer en ella (la Teoría Cuantitativa del Dinero), porque es una fórmula simple, la cual entiende”.

Pero Sennholz (1979, p. 83) rescató de Friedman algo incluso más importante:

“Su blanco principal ha sido la ortodoxia keynesiana que continúa vigente en la actualidad. Con una evidencia empírica masiva, ha lanzado muchos agudos contrataques hacia la Nueva Economía, demostrando la futilidad de esa política. Pero, por sobre todas las cosas, ha devuelto la moneda a una posición de importancia que le había sido negada, en la teoría y en la política, por Lord Keynes y sus seguidores. Friedman destaca el poder de la política monetaria y cuestiona la fe de Keynes en la política fiscal. Reconstruye una versión de la Teoría Cuantitativa del Dinero y reinterpreta la Gran Depresión a la luz de esta teoría”.

Esto es lo que Armando Méndez ha logrado en cada oportunidad que ha manifestado admiración por Friedman y lo que aprendió de, por ejemplo, su regla monetaria. Y ahora, con la publicación de Economía Monetaria, permite que a la moneda se le dé en Bolivia una posición de importancia que no necesariamente le había sido negada, sino que muy probablemente nunca tuvo la oportunidad de tener; pero ideológicamente entendida, además, como de igual categoría que las constituciones y demás leyes fundamentales del Estado que establecen límites a las decisiones ineficientes por parte de los gobiernos que afectan a los particulares.

Pero hay más. Así como Hayek (1980, p. 70) afirmara:

“Un sistema económico libre ya nunca funcionará satisfactoriamente, y jamás eliminaremos sus más serios defectos, ni detendremos el crecimiento sostenido del gobierno, a menos que se le quite a este último el monopolio de emisión de dinero”.

Friedman, no solamente en Money Mischief y Should There be an Independent Monetary Authority, sino en varias cartas que intercambió con algunos de los miembros de la Sociedad Mont Pélerin que contribuyó a fundar, además de que parecía ir abandonando la idea de que sea el gobierno quien deba controlar la política monetaria, incluso manifestaba que toda propuesta que hubiera planteado a lo largo de todos sus escritos, la hizo bajo el supuesto de que “la Reserva Federal existe”, lo que lleva a la firme idea de que abolirla era también un deseo suyo.

Finalmente y para terminar, se puede tener diferencias casi irreconciliables con el libro de Armando Méndez, sobre todo en relación a la epistemología a la que Friedman y Chicago acuden para fundar toda su construcción teórica y que se rescata en Economía Monetaria, pero no cabe duda de que su aporte sea parte de algo que en Bolivia hoy no se acostumbra, que es aferrarse a las ideas en las que uno realmente cree, que las manifiesta y comparte sin el uso de la fuerza, y que practica la tolerancia hacia la opinión de quienes disienten de ellas.

Que Armando Méndez pierda cuidado, si acaso estuviera preocupado por que su libro no encuentre mercado.

 

Reseña
Economía Monetaria
Armando Méndez Morales
Facultad de Ciencias Económicas – UAGRM
UAGRM Business School
Instituto Boliviano de Comercio Exterior, La Paz 2011
645 páginas

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