Occidente, hacia su década perdida

Con el cada vez más precipitado sobre endeudamiento y gasto excesivo que la hipertrofia del Estado y su intervención en la economía provocan tanto de la Unión Europea como en Estados Unidos, la idea de que Occidente se acerca raudamente a la década perdida que vivió América Latina durante los años 80 o la que hoy arrastra Japón desde los 90, está empezando a convertirse ya en una opinión cada vez más generalizada. Se trata de un par de ejemplos que buscan ilustrar el camino que en ambos lados del Atlántico se ha tomado para atender una crisis que, desde que reventó en 2007 y 2008, solamente se ha agravado, y cuyos plazos además ya empiezan a coincidir para desenlazarse en sólo dos alternativas.

Una de las principales características de la década perdida de América Latina fue que se atendió las crisis con medidas confusas, parciales y por separado, pensando que es posible postergar las decisiones más impopulares ad infinitum. Y uno de los casos más emblemáticos fue el de Bolivia con el gobierno de la Unidad Democrática y Popular, que fracasó en al menos seis oportunidades para evitar el pago del sobre endeudamiento en que incurrió la dictadura de los años 70, agravó la crisis y se quedó sin alternativas hasta que en un acto desesperado por la presión de los sindicatos fundamentalmente, acudió al banco central para pagar deudas mediante el impuesto-inflación que desencadenó la sexta hiperinflación más alta que se haya conocido sin la excusa de un contexto bélico (un capitulo por demás conocido pero muy poco o en absoluto advertido con determinación).

Al momento, la única diferencia es de plazos y magnitudes, es decir, la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo no han tomado la medida desesperada de imprimir billetes para pagar sus deudas de manera inmediata y absoluta como en Bolivia en los 80, pero tampoco es que sus medidas no representen amenazas igualmente inminentes. La Reserva Federal (el caso más delicado) optó por monetizar más del 40% de la deuda pública estadounidense por un valor poco menor al billón de dólares, lo que también significó haber más que triplicado la base monetaria; el Banco de Inglaterra ha incurrido en exactamente la misma medida, pasando a adquirir el 25% de la deuda pública del Reino Unido; y, aunque la medida se detuvo súbitamente hace ya 19 semanas, y aunque su constitución le impide hacerlo de manera directa y porque Alemania y ahora Holanda y Finlandia se lo advierten, el Banco Central Europeo ha adquirido el 30% de deuda pública de la eurozona indirectamente en el mercado secundario.

Pero además de monetizar deuda, es necesario agregar un otro elemento en común entre Estados Unidos y la Unión Europea: el caso de Japón. Hace 20 años se intervino el mercado de crédito reduciendo a prácticamente cero las tasas de interés y permitiendo a la banca privada que sus depreciados activos no coticen a valor de mercado, período en el que, al acumular déficits anuales de hasta un 8%, el endeudamiento público hoy supera el 200% del PIB, si se le suma la deuda privada de más del 300% del PIB, sus pasivos totales ascienden a más de 500% del PIB. Japón, en dos décadas de crisis y con la idea de hacer más solvente su economía, se ha endeudado aún más, y ha hipotecado su presente y su futuro sin haber reactivado nunca su economía.

En suma, la monetización de deuda es un préstamo de los bancos centrales a los gobiernos, unas veces en forma de nuevos billetes y otras en forma de nuevos depósitos, pero en ningún caso las deudas se extinguen, sólo son postergadas e incrementadas pasándolas de mano en mano en la medida que cuenten con el respaldo de sus propios acreedores; y cuando a la monetización de deuda además se le suman las bajas tasas de interés, o bien se inician proyectos ruinosos de manera arbitraria que no permiten dirigir recursos hacia proyectos rentables que el mercado identifica para la honra de sus deudas, o bien las familias y empresas ya no querrán seguir endeudándose por más que los bancos expandan el crédito de la manera más generosa (lo que los keynesianos llaman de manera equivocada “la trampa de liquidez”) al preferir restringir su consumo y priorizar su ahorro.

Aunque no necesariamente aventurado (porque lamentablemente todavía hay margen para monetizar deuda y seguir bajando tasas de interés), aún es prematuro hablar del fin de una u otra moneda, de hiperinflaciones o incluso de los primeros casos de hiperdeflación, pero como sea que continúe el desenlace de la crisis, como un sostenido estancamiento inflacionario como el de América Latina de los 80, o como un estancamiento deflacionario como el de Japón desde hace 20 años, prolongar la agonía prefiriendo la consolidación de una crisis sostenida a una fuerte pero corta y necesaria recesión, está llevando a Occidente a su década perdida.

Artículo publicado en Los Tiempos, Página Siete y Hoy Bolivia.

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