Las causas del subdesarrollo de Bolivia

Como iniciativa de un grupo de intelectuales en Santa Cruz como Enrique Fernández García, acaba de presentarse en esa misma ciudad un coloquio con Fernando Molina planteando la pregunta sobre Por qué Bolivia es subdesarrollada. Vale pues hacer algunos comentarios al respecto dado que es mucho lo que hay que rescatar, a la vez que matizar de manera obligada.

Fernando Molina parte por definir el subdesarrollo como “una condición estructural de una sociedad que no puede liberarse de las épocas de las vacas flacas, que no puede -con cierta certidumbre- prever el futuro de una manera optimista porque en cualquier momento puede volver a caer”. De la misma manera, Molina parte de la idea de que Bolivia es un país subdesarrollado independientemente de que en él haya riqueza; que está signado por sus condiciones geográficas tan accidentadas como por el corte que significa la Cordillera Real y su condición de mediterraneidad que le impide comerciar abierta y directamente con el mundo, y que no tiene ningún medio de comunicación interna.

charanguitoEsta tesis no es verdaderamente novedosa, y tampoco tiene mucho éxito. Es nada menos que la tesis que Jeff Sachs empezó a sostener erróneamente cuando pensó de la nada que los principios de la economía del desarrollo tienen que ser distintos a los de la Ciencia Económica en general. Es una tesis que empezó a exponer por primera vez en Bolivia en una entrevista que sostuvo la última vez que estuvo en Bolivia alrededor de 1997 en una entrevista con Carlos Mesa, y que finalmente desarrolló con la publicación de El Fin de la Pobreza en 2005. El problema con la tesis de Sachs es que sigue pensando dentro del paradigma de las ciencias naturales aplicado a la economía de inicios del siglo XX, sigue planteando los problemas de la economía en los erróneos términos de cosas y objetos materiales, y no sobre los medios que los hombre eligen para alcanzar los fines que hayan elegido en función de sus juicios de valor. Por eso, cuando Molina destaca los vastos problemas de Bolivia por su condición geográfica y además le añade la idea de cierta dependencia de “lo externo”, constituye un problema.

La crítica a Sachs estriba en lo siguiente: Sachs estuvo involucrado en las reformas económicas estructurales que impidieron que el mayor y más acelerado proceso de empobrecimiento del país hasta 1985, y que no constituyeron más que el establecimiento explícito de los principios de una economía respetuosa con el libre ejercicio de la función empresarial. Sin embargo, tan sólo doce años más tarde, a Sachs se le ocurrió que las causas de la pobreza se encontraban no en el intervencionismo y la planificación central, sino en la falta de –algo que Molina no menciona a pesar de ser un elemento muy común en los debates sobre las causas del subdesarrollo de cualquier país- ayuda y asistencia de los países más desarrollados que una dependencia de los mismos sin generar realmente mejores grados de desarrollo.

La segunda parte de la argumentación no toca a Molina, pero a su vez sostiene que el excedente es la riqueza que no se consume, por lo que el país no puede quejarse de la falta de excedente de 118 mil millones de dólares en los últimos 8 años. Fernando Molina también sostiene que si Bolivia fuera un país desarrollado, esos 118 mil millones de dólares del gas se invertirían de manera productiva para que cada centavo del gas se convierta en un negocio, un emprendimiento, trabajo, etc.

No es difícil estar de acuerdo con Molina cuando sostiene que el país adolece de condiciones estructurales que le impiden transformar toda la riqueza, o el excedente que genera, en un círculo virtuoso de producción, economía, rentabilidad (aunque sería mejor llamarlo propiamente como de generación de riqueza). Pero la pregunta inmediata que nace entonces es, ¿a qué condiciones se refiere Molina exactamente? ¿Quién define lo que es y lo que no es productivo, lo que debería y no debería ser productivo, en qué medida, cuándo, cómo y por qué actores?

Ahora bien, aunque tal vez Fernando Molina acierta en incluso advertir que Bolivia podría presentar situaciones tan precarias como las que vivió en los años 80, a la vez que afirma que el subdesarrollo no es un problema de crecimiento ni de riqueza, tal vez lo haga por razones equivocadas. En realidad las cusas del subdesarrollo de Bolivia y cualquier otro país, incluso con mayores dificultades que hacen más al campo de la física, sí tienen que ver con el crecimiento, y de manera directa además, pero la pregunta que en realidad hay que hacerse es si el crecimiento que el país registra hoy es sostenible, si tiene bases sólidas como para sostenerse en el tiempo y para que finalmente se registre desarrollo como secuencia lógica.

Cuando Fernando Molina sostiene que el subdesarrollo es la riqueza que no alcanza para liberar a la sociedad, sobre el hecho de que la prosperidad de Bolivia depende únicamente de los precios internacionales del gas que el país exporta, es simplemente erróneo, como como un primera aproximación puede leerse aquí. El motivo por el que Bolivia registra mayor o menor grado de subdesarrollo depende del grado de libertad con el que sus ciudadanos son capaces de desenvolverse ejerciendo la función empresarial, para así asignar a través del mecanismo de precios y el intercambio voluntario del mercado, tanto las rentas del gas como los recursos de otras fuentes, es decir, de estar alerta y darse cuenta de oportunidades de solucionar problemas ajenos que otros no identificaron antes como legítima ganancia.

Es por esto que hoy la economía del país ha vuelto a agotarse mucho antes de que los precios internacionales del gas previsiblemente fueran a desplomarse, tal como ya sucedió antes. Así lo ilustra la misma historia durante la primera década de los 80, uno de los períodos de crisis económicas más delicados en la historia del país, como bien refiere Molina: los precios del estaño en los ochenta llegaron mucho después del ajuste de la hiperinflación.

Pero vamos a verlo con un ejemplo actual solamente relacionado con el gas: hoy el país, con un sector que más allá de que esté realmente nacionalizado o no, está bajo control del Estado, al igual que el resto de su historia con excepción del brevísimo período de la Capitalización. Esto significa que ante el hecho más que previsible de que los precios del gas se desplomaran pronto, el Estado está corriendo un riesgo por el conjunto de la población que probablemente ningún ciudadano estaría dispuesto a correr de manera individual. Si a mí me preguntaran qué haría yo con mi cuota parte del total de las rentas del gas ante la expectativa del agravamiento de la crisis internacional, las hubiera vendido hace mucho. Ese sería un ejemplo de pleno ejercicio de función empresarial.

Peor aún, mi cuota parte jamás hubiera sido invertida en el país no sólo por un problema de acoso contra la propiedad privada y ausencia de seguridad jurídica, por si fuera poco, sino porque en la medida que el Estado más acapara un mayor porcentaje de recursos para ser gastados con un horizonte evidentemente cortoplacista, menores son los recursos y las oportunidades de invertir para el empresario.

En este sentido, y como botón de muestra sobre el agotamiento del modelo del Socialismo del Siglo XXI en el país, aunque los efectos estén siendo postergados a cambio de agravarlos en un ánimo cortoplacista de ganar aplastantemente las elecciones generales de fin de año, las señales son muchas, entre las que se destacan los permanentes incrementos de salario mínimo y el doble aguinaldo, que, aunque no lo quieran reconocer, no se tratan más que de devaluaciones diferidas para tratar de cubrir las brechas que han surgido de gastar y consumir más de lo que es permitido producir legítimamente fuera de la norma del Estado, sin mencionar todo el resto de la batería de agresiones sistemáticas al libre ejercicio de la función empresarial instaladas en los últimos 8 años en el país, es decir, en la informalidad en la que este país se encuentra en más de un 70 por ciento del mismo, y que finalmente nos conducen -sí- a mediados de los 80, cuando no hubiera habido crisis de deuda si no hubiera habido déficit fiscal; cuando no hubiera habido déficit fiscal sin gasto público desbocado; y, claro, cuando tampoco hubiera habido gasto público sin gobiernos con la prerrogativa de cubrirlo todo mediante expansión crediticia y monetaria sin respaldo real.

Para continuar, surge un argumento más extraño de Molina cuando dice que al ser “un enclave” aislado del resto de la sociedad, el subdesarrollo hace imposible que quien haya nacido en Norte Potosí termine trabajando en Repsol”, al mismo tiempo que correctamente identifica la informalidad del país en la aplicación de “leyes restrictivas”. Molina también sostiene que el sector privado siempre ha exportado ahorro durante toda la historia del país, que ha generado un excedente en el país gracias a los recursos naturales, pero ese capital no se ha invertido en el país. Pues sin mencionar el sesgo prebischeano de la Teoría de la Dependencia en el que cae y al mismo tiempo critica, y confundir dialécticamente las causas con las consecuencias, el mismo motivo por el que el capital sale del país es el motivo por el que quienes no pueden salir se ven obligados a mantener su capital dentro del país viviendo y se desempeñándose en la informalidad, porque antes de que la rentabilidad sea baja, los costos generados por las agresiones sistemáticas a la función empresarial son demasiado elevados por el enorme riesgo que significa la tan arraigada mentalidad anti-capitalista y anti-mercado en el país; siempre es más cómo que alguien más –el Estado- le solucione los problemas a uno por cualquier motivo, ya sea mostrándose como una víctima irreparablemente condenada por el lugar donde uno ha nacido. Si acaso nunca se hubiera visto a un nacido en Bolivia trabajar en Google, Apple o Microsoft, el ser humano está dotado de razón para cambiar su situación por sí mismo, como se dijo antes, siempre en función de sus juicios de valor.

Ahora, para ser riguroso con la teoría y los argumentos para defenderla, el problema con las ideas de Molina es que ni la función empresarial es estática ni la riqueza es un stock, sino, como bien dice Hayek en The Maintenance of Capital, la corriente futura de rendimientos de un bien de capital. Por ejemplo, hoy el oro cotiza a más de mil dólares por onza no por lo que es en sí mismo, sino por los usos futuros que como refugio de valor podrá prestar en la perspectiva del debilitamiento cada vez más acelerado del papel moneda. Y de la misma manera, el oro no produce rentas por sí mismo, sino por el uso que se le dará en el pleno ejercicio de su perspicacia empresarial que hará de esos recursos materiales. Así como los ricos no están sentados sobre inmensas cantidades de dinero en una bóveda cuales Rico McPato, la riqueza está constituida por la capacidad empresarial de generación de renta con recursos a disposición de manera permanente en un entorno de incertidumbre inerradicable respecto del futuro. Es por esto que suele decirse que al el futuro no es un porvenir, sino un por hacer.

De la misma forma, Bolivia no es un país que vive de los recursos naturales, algo que en sí mismo no constituye un problema mientras –como bien afirma Molina- sea rentable y, por tanto, fruto de una acción lógica de exportar materias primas que son utilizadas en otros procesos productivos (del exterior) que generan mucha mayor renta de ideas ajenas que requieren materializarse, sino un país cuyos gobiernos controlan su muy breve cadena productiva y además acaparan las rentas que consiguen de su venta en el exterior para gastarla de la manera más perversa posible.

Y esta sí es una tesis que Molina conoce muy bien: mientras unos utilizan los medios violentos para apropiarse de una parte de las rentas, otros utilizan los fraudulentos mecanismos de la democracia para también apropiárselas, y cuando un empresario como Patiño se atreve a romper con aquel vicioso esquema, es sancionado e incluso expulsado del país. Naturalmente, ningún gobierno tiene incentivos a generar riqueza y sólo redistribuirla si no es sobre la base primero de rentabilidad política, así como de esta manera los empresarios tampoco tienen incentivo alguno a realizar planes de inversiones muy dilatados en el tiempo, ni mucho menos de mantener su capital en país que por nada más lo condena. Es por esto que, entre otras cosas, una empresa como YPFB, controlada por el Estado con incentivos distintos a los de un empresario como Steve Jobs, jamás será como Google, así como a un boliviano le será cada vez más difícil no sólo trabajar en una empresa semejante en Bolivia, sino incluso fundarla por su propia cuenta. Si el proceso de explotación de recursos naturales en Bolivia estuviera guiado por estos principios, el que constituyeran la parte componente de un iPhone no estaría condenado.

Hay mucho por compartir con Fernando Molina, por lo que esta respuesta en realidad parecería ser más bien un comentario o una reseña de su presentación, pero también parece ser que se queda a medio camino respecto de lo que depara el futuro del país en tanto y en cuanto se siga concibiendo los problemas económicos en términos de cosas y objetos materiales propios del campo de las ciencias naturales, en vez de establecer una acusación directa contra quienes en una explosión de arrogancia constructivista pretenden dar una respuesta concreta respecto de qué debería hacer el próximo gobierno con las rentas de los recursos naturales, sea plata, salitre, estaño, gas, litio, cocaína, etc. y sea siempre el Estado o un economista omnisciente y con mandatos coactivos, sea quien incluso se atreva a imaginar todo lo que puede diseñar con la sociedad.

Finalmente, y para no redundar más, Fernando Molina, como periodista que es, ha manifestado no comprometerse con una única causa, como en realidad lo hace erroneamente la generalidad de economistas que trabajan investigando sin juicios de valor, y tiene razón. Sin embargo, hay un periodista en la historia que no sólo fue capaz de apegarse a una causa empleando los principios de análisis económico que con más precisión le ha permitido tener la razón en sus valoraciones, aquel que promueve un entorno de cooperación social respetuoso con instituciones que permiten la generación de riqueza (que no de excedente) como las de la propiedad privada, la función empresarial y la economía de mercado: su nombre era el de Henry Hazlitt, autor de Economía en una Lección, y la refutación página por página de la Teoría General de Keynes en The Failure of “New Economics”, además de otros.

Enhorabuena por quienes han organizado el evento sobre las ideas de Fernando Molina, y a él mismo por el esfuerzo que significa abstraerse de lo cotidiano e involucrarse en un debate intelectual profundo que no tiene por qué ser exclusivo de los economistas.

3 Comments

  1. Bolivia tiene oportunidades para desarrollarse sin embargo no aprovecha los recursos q posee como se debe, el país debe de innovar en cuanto a industrialización e innovación tecnológica .

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