La amenaza del Quantitative Easing europeo

La Unión Europea volvió a entrar en recesión en 2014, y las voces que piden un Quantitative Easing europeo se fortalecieron, así como los políticos acordaron nuevas cumbres de emergencia para impulsar la economía y el empleo. La única diferencia con las cumbre de 2008 y 2011, sin embargo, era que no se había intentado la aventura de la monetización directa de deuda al estilo estadounidense; el Banco Central Europeo sólo había intervenido en el mercado secundario.

No obstante, si acaso la última batería de medidas improvisadas de tasas negativas no logra finalmente estimular la economía de la eurozona, Mario Draghi ya había advertido que no constituye todo el arsenal que tenía pensado utilizar para forzar a los bancos a prestar y a las empresas y familias a prestarse. Aún quedaba la posibilidad de que, a pesar de que lo tenga impedido tanto institucionalmente por los estatutos de la institución que preside, así como políticamente por el liderazgo alemán, el italiano podría haber encontrado la manera de deslizar la política de monetización directa de deuda supranacional (léase de los países de la periferia del sur de la Unión Europea) en su persistencia de alterar el orden lógico elemental de primero ahorrar, encontrar las oportunidades de inversión y que finalmente fluya el crédito si es solicitado.

DraghiLuego de que engañara al mercado en junio, puesto que no había añadido un solo euro de nueva creación al sistema, la presión de la paranoia antideflacionista terminó venciendo. Luego de que se confirmara la nueva caída en recesión de la Unión Europea incluyendo Alemania y con Francia e Italia estancadas y con crisis de gabinete ministerial, en septiembre de 2014 Draghi anunció el recorte de las tasas de interés al nuevo mínimo histórico del 0.05 por ciento, reduciendo también las tasas de interés aplicables a los depósitos desde el -0.10 al -0.20 por ciento, mientras que las tasas de interés al crédito marginal continuarían en el 0.30 por ciento.

Además, y por si lo anterior fuera poco, adelantó que el inicio del QE europeo tendría lugar tan pronto como en octubre. El nuevo programa de estímulo llamado ABS (o ABSPP), además de otro de cédulas hipotecarias (CBPP3), superaría al LTRO en el mercado secundario alcanzando un tamaño de 500 mil millones de euros.

Ya habíamos adelantado que el futuro del euro no dependía de que nunca existiera un vínculo de política monetaria entre el BCE y la Reserva Federal, pero desde luego que Draghi tiene el mismo diagnóstico y la prescripción errada sobre la economía de la eurozona que la el que tuvieron Greenspan, Bernanke y ahora Yellen sobre la de Estados Unidos, pero los efectos del Quantitative Easing europeo podrían ser muy distintos a los que ha tenido el estadounidense hasta el momento.

La utilización de la moneda única dentro de la eurozona constituye el 78 por ciento del volumen total de transacciones realizadas con esa moneda a nivel global, mientras que el dólar es la moneda internacional de reserva utilizada como referencia no sólo en Estados Unidos, sino en el 85 por ciento del total de las transacciones comerciales en el mundo.

También habíamos apuntado que el Banco Central Europeo había incrementado su balance en un 128 por ciento, gastado un billón de euros en inyecciones de liquidez y recompras de bonos soberanos, e incrementado la oferta de dinero en la eurozona hasta un record de 10 billones de euros, pero además, según el mismo BCE, el exceso de liquidez en el sistema financiero de la Unión Europea alcanza los 130 mil millones de euros, y aún planea incrementarlo a 380 mil millones probablemente hasta fines de 2014 antes de siquiera pensar en un QE à la americana.

Sin embargo, dado que el tamaño del balance de la Reserva Federal equivale al 25 por ciento del PIB de Estados Unidos, y el del BCE al 20 por ciento del PIB de la eurozona, el impacto de un QE europeo podría ser mucho mayor en Europa que el que ya ha tenido en Estados Unidos, puesto que además de que el euro no es una moneda de reserva internacional y su uso se limita a las fronteras de la Unión Europea, el alcance del crédito en el sistema financiero europeo entre el BCE y la banca tradicional sería mucho mayor por representar el 349 por ciento del PIB, mientras que el de Estados Unidos no supera el 100 por ciento del PIB.

No es necesario seguir abundando en el hecho de que las políticas de estímulo, entre otros aspectos, no afecta un nivel general de precios de manera uniforme y simultánea, sino que constituye una enorme alteración del mecanismo de precios relativos a través del cual el mercado asigna recursos escasos en la economía ajustando la estructura productiva, y que las tasas de interés son precios de mercado y no instrumentos de política monetaria.

No obstante, a pesar de que la Fed cuenta con un poder de intervención comparativamente mayor que el del BCE, las políticas monetarias del segundo afectarían muy probablemente con mucha mayor efectividad en la economía doméstica (donde considera que resulta ser el único lugar donde se registra inflación), que las que la Reserva Federal busca en su economía para apuntalar el empleo y el crecimiento; el estímulo monetario directo a través de la monetización masiva de deuda no iría necesariamente a impactar de manera directa sólo a los precios de activos.

Peor aún, los efectos inmediatos podrían ser mucho mayores que los económicos, puesto que una compra masiva de deuda supranacional desataría problemas inimaginablemente mayores que alcanzan el viejo y ya delicado ámbito de la geopolítica, toda vez que los rescates y la decisión sobre cuál es la prioridad ya no apuntan a grandes empresas o familias como en Estados Unidos, sino a países con ejércitos, y el primero en rechazar la sola idea de envilecer el euro, es decir, de incumplir con el pago de deudas sería Alemania, cuya economía es la que en gran medida sostiene la estabilidad de toda la eurozona.

De tal manera, las consecuencias del programa europeo de masiva monetización de deuda se prestan para el caldo de cultivo perfecto para experimentos extremistas que alguien como Putin probablemente ha estado esperando. Lo único que falta es que los políticos de la Unión Europea renueven el grito de guerra electorera de “más Europa” para terminar de pintar el escenario de una nueva tormenta perfecta.


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