¿También socializaremos las pérdidas?

En septiembre de 2008, cuando la burbuja inmobiliaria estadounidense explotó, la reacción típicamente burlona de alguien como Hugo Chávez ante las medidas del gobierno fue la de decir “el camarada Bush está ahora a mi izquierda” por intentar rescatar “lo que no tiene salvación”. El gobierno estadounidense había estatizado la banca comprando forzosamente sus pasivos incobrables mediante la creación de dinero de la nada. No mucho más tarde, aunque los efectos no hayan sido los mismos, Venezuela establece la misma estrategia de monetizar sus propios pasivos incobrables al punto de la hiperinflación.

occupy wall streetEsta es una historia que Bolivia conoce muy bien. Ningún cuento tiene un final feliz cuando en un acto desesperado por mantenerse en el poder los gobiernos tratan de evitar el ajuste huyendo hacia adelante envileciendo la moneda, monetizando deuda.

Pues bien, Bolivia parecía empezar 2015 con un arranque de sensatez derivada de su propia experiencia y como lección aprendida de la Gran Recesión. Se dijo que el país debía empezar a prepararse para vivir sin bonanza, y que además se estaba buscando expertos que dijeran qué era lo que debía hacerse contra una eventual crisis derivada del desplome del petróleo. Parecía haberse reconocido finalmente la inexistencia de economías blindadas, a la vez que la insostenibilidad del modelo con ocho años de vigencia. Los “opinadores” habían finalmente recibido crédito sin advertirlo.

Sin embargo, pasadas las semanas, la elaboración de lo que incluso parecía constituir un plan B, no resultó más que en reforzar el plan A, es decir, en seguir haciendo exactamente lo mismo que se ha estado haciendo durante los últimos ocho años; ningún reajuste para vivir sin bonanza, mucho menos experto alguno que diagnosticara la insostenibilidad del crecimiento.

El problema es nuevamente uno de diagnóstico: la caída del petróleo no constituiría el detonante de una eventual crisis, como se pretende mostrar, sino en realidad su agravante.

El problema se lo empieza a registrar con la desaceleración de más de un punto porcentual del PIB desde mediados de 2013 a pesar de un incremento muy marcado del gasto en proyectos de dudosa rentabilidad. Es decir, si una crisis tuviera lugar en el país, estaría caracterizada por la necesidad de corregir toda la serie de errores que se cometió e indujo a cometer durante la etapa del auge. Si toda la serie de proyectos que se han llevado a cabo no responden a una demanda real efectiva de mercado que los hagan sostenibles, así como sucedió con la burbuja inmobiliaria estadounidense o las iniciativas públicas venezolanas, ¿el Estado asumirá las pérdidas del sector público mediante el ajuste de su estructura, o nuevamente se socializarán las pérdidas entre la población a través del envilecimiento monetario?

Es esto lo que constituye el problema del país al que recién se le suma la caída de ingresos por el desplome del petróleo de 2014, pero ¿qué sucedería si además se le añade el indiscutible agravamiento de la crisis internacional? Los emergentes no sostienen más la locomotora dle crecimiento global; Rusia, China y Japón no hacen más que recordar el inicio de la crisis de fines de los 90; la Unión Europea acaba aventurarse en la misma política de monetización directa de pasivos soberanos incobrables; Estados Unidos se encuentra ante un posible nuevo desplome financiero durante 2015; y América Latina es bastanbte más débil que en 2008 ó 2009 como para asumir un desafío todavía mayor.

En Bolivia, en particular, ya ha empezado a observarse que el mercado se está anticipando a las medidas de ajuste que debieron haberse dado en cuanto empezó a registrarse la desaceleración, hace al menos año y medio atrás, pero las han postergado a cambio de agravarlas, hasta el punto en que la cotización del petróleo ha dejado de ser la fuente para financiar todo desajuste: el mercado paralelo se ha lanzado a comprar dólares con al menos dos puntos básicos que difieren del oficial, denotando que los ajustes que Bush y Chávez evitaron, tendrían que ser más atrevidos de lo que imaginan, o, peor, que la devaluación cambiaria a la que apuntan tendría que ser aún mayor de lo que podrían estar previendo. Así, el espacio de maniobra se ha perdido tanto como para que a diferencia de 2009, el desafío no se limite únicamente a un problema pasajero de 2015.

Artículo publicado en SchiffOro y Economía Bolivia.

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