Frente al escollo, austeridad y flexibilidad laboral

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Sobre todo frente a lo que realmente significa la desaceleración, poco ha sido poco se ha discutido sobre ella desde que empezó a mediados de 2013, pero la evidencia es cada vez más contundente, y el discurso confuso y contradictorio. Dijeron que no habría crisis, que la crisis sería pasajera, que todos los países de la región la sufren, que se había superado ya una crisis que se suponía que no existía… ¡Y ahora ya lanzan programas urgentes de generación de empleo!

La idea no es nueva. Es más, es lo que han hecho desde que son Gobierno. A pesar de que anunciaron la búsqueda de expertos que les dijeran lo que tenían que hacer fente a la caída petrolera, y que la gente tenía que acostumbrarse a una nueva realidad, nada de esto significó la elabración de un plan B. El estímulo de la demanda agregada ha sido el único plan que se ha conocido.

La idea de producir lo que nadie demanda ha llevado siempre a la ruina en todo momento y en cada lugar en que se la ha aplicado, y con algunas variantes, el cas de Bolivia es exactamente el mismo, aunque tal vez en distinta etapa: el hiperestímulo ha terminado generando un enorme problema de sobrecapacidad productiva, y pretendiendo que se liquiden los proyectos sin demanda y se relocalicen recursos hacia tros sectores donde sí existe, prefieren mantener esta estructura de pérdida y destrucción de capital ad infifnitum, y en la medida que insistan la desaceleración degenerará en una profunda recesión.

Lo curioso es que el mismísimo titular actual de Hacienda lo reconoció en su última entrevista en televisión nacional diciendo ante el equivocado argumento del empresariado privado, que si se devaluara para estimuar las exportaciones esto provocaría producir algo que el mundo no está demandando. Pues esto mismo es lo que está sucediendo en el contexto nacional, se está prduciendo demasiado de aquello que la gente no necesita ni demanda realmente.

Pues así como el Estado no va a devaluar para no incurrir en mayores pérdidas, ningún empresario va a invertir para incurrir en pérdidas, y mucho menos va a invertir para solventar mediante impuestos la hipetrofiada burocracia estatal incapaz de generar valor económico.

Bolivia muy rara vez a lo largo de toda su historia republicana ha registrado superávit, jamás se ha caracterizado por la austeridad, siempre ha gastado más de lo que ingresa, y a pesar de que tuvo otras épocas de gran crecimiento, tampoco ha cambiado sus condiciones de vida ni prorcional ni sostenidamente cuando el aparato burocrático estatal ha crecido. El problema del país, para variar, nunca ha sido la falta de ingresos, sino el exceso de gasto y consecuente crecimiento inútil.

Entonces, y en consecuencia, en tanto no se modifique la estructura para crear empleo sostenible y de calidad reduciendo el gasto público y el número de atribuciones y competencias del Estado sobre la economía, y reduciendo, además, de manera drástica y simultánea los impuestos (para qué serían necesarios en austeridad) y flexibilizando al máximo el régimen laboral para redirigir recursos y generar valor en el sector privado, lo que se espera indudable e inevitablemente son mayores problemas e improvisación en un intento desesperado por mantener estabilidad de corto plazo.

Ya no se trata de optimismo o pesimismo sobre el futuro casi inmediato, sino de asumir con realismo un análisis de causa y efecto antes de que se nos siga empujando hacia el despeñadero en búsqueda de pruebas que confirmen todo lo que hemos venido advirtiendo durante ya cierto tiempo.

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