Basta de doctrina inflacionista

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Son ya varios años desde que apunto los motivos por los que Bolivia entraría en crisis, y el registro de todas esas advertencias se remonta al menos al año 2010 con varios hitos importantes como el repunte de la inflación en 2010, la nueva Ley de Servicios Financieros de 2012, la regulación de las tasas de interés, la redirección forzosa de la cartera bancaria hacia el sector productivo, y en particular hacia el sector rural, la construcción y el consumo duradero.

Ahora puedo decir, con el mismo enfoque y seguridad, no sólo que no habrá alternativa a la devaluación, sino que además traerá consecuencias insospechadas, y que serán mayores a los problemas que con ellas se pretende solucionar en un principio; es, pues, un tamaño despropósito.

Entre esta semana y la anterior se ha tenido conocimiento de la tendencia a la baja que han recobrado las Reservas Internacionales Netas del BCB, que han caído ya por debajo nivel de sostén de las $10.000.

Sumando a esto el hecho de que no hay previsión alguna de reducir el peligroso déficit fiscal cercano al 8% (que no tiene nada de transitorio), de una caída cada vez más alarmante de la Inversión Extranjera Directa, cada vez mayores reportes de proyectos de inversión pública escandalosamente ruinosos (como ahora como Sanbuenaventura) y que, además, la credibilidad en el sistema financiero y la capacidad de las autoridades para asumir este desafío decae rápidamente, la pregunta es si existe realmente margen de maniobra para la política monetaria y no recurrir a la devaluación como última medida desesperada antes de 2019. La respuesta es un rotundo no.

Sin embargo, para lo que sí hay margen si se aplican las medidas cuanto antes, es la liberalización del régimen laboral y productivo. Caso contrario, guárdese toda esta serie de argumentos contra la devaluación cambiaria, elaborada con el largo plazo del tiempo debatiendo al respecto.

Los argumentos contra la devaluación cambiaria con evidencia empírica

  • El caso emblemático con el ajuste interno, es decir, sin una devaluación de la moneda que pretenda mágicamente sostener los niveles artificiales de vida de la Gran Recesión, ha sido el de los bálticos (Estonia, Lituania y Letonia): también vivieron no el arquetípico populismo político de la última década, sino el de la fiesta del crédito fácil, el sobreendeudamiento, el asistencialismo estatal y las burbujas económicas de valor particularmente del sector inmobiliario. Y no sólo eso, sino que hoy los tres países post comunistas de Europa del este terminaron adoptando el euro y eliminando por fin el curso forzoso de sus monedas nacionales.
  • Alemania es hoy la locomotora del crecimiento de la Unión Europea no porque se haya supuestamente se haya aprovechado manipulando el euro para explotar a la periferia, sino porque, a inicios de los 2000, hizo sus deberes mucho antes que ellos, introduciendo el Zukunftspaket, el mayor recorte de gasto público en sesenta años, reformando su estado de bienestar, reduciendo la hipertrofia del aparato público, recortando agresivamente los impuestos y subsidios, limitando el déficit del estado central al 0,35% del PIB hasta 2014, prohibiendo a los gobiernos regionales tener déficit alguno desde 2020 con una enmienda constitucional.
  • España, luego de prolongar la agonía solicitando estableciendo el infame Plan E, que fue la misma batería de medidas que primero causaron su crisis, y a pesar de que todavía sostiene una deuda alrededor del 100% del PIB, finalmente logró desapalancarse y volver a crecer sostenidamente a los niveles previos de la burbuja, gracias a la imposibilidad de devaluar perteneciendo a la unión monetaria del euro; no tener la posibilidad de devaluar en una economía ya es bastante incluso para recuperar las exportaciones y la competitividad significativamente.
  • Bolivia y Panamá se han estado disputando el primero lugar del crecimiento en América Latina desde hace unos tres o cuatro años, pero, paradójicamente, el modelo de crecimiento de ambos es diametralmente opuesto. Panamá tiene una economía dolarizada y sin banco central hace más de cien años, establecido nada menos que en su propia Constitución, y esto, entre otras medidas congruentes, ha obligado a la disciplina fiscal y, por tanto, un régimen de impuestos bajos, lo que le ha permitido ser uno de los países más seguros para la atracción de la inversión extranjera directa en el mundo; Bolivia, en cambio, crece en base al gasto, el intenso incremento de los impuestos y el endeudamiento, provocando ser uno de los países que menos inversión extranjera privada atrae en el mundo.
  • Ecuador: ha provocado el sobreendeudamiento público externo durante el correísmo para sostener los niveles de gasto intervencionismo y control económica propios del populismo carnívoro, pero la dolarización ha garantizado que al menos no se les añada inflación a los hogares que apenas pueden volver a ahorrar; y no sólo eso, sino que ha obligado al siguiente régimen de gobierno a dar marcha atrás no a la dolarización, sino a la laxitud fiscal populista que justamente encarece la inversión privada en el Ecuador.

Argumentos evidentes en sí mismos

  • El problema de la economía del país no es por la caída petrolera, sino que es un factor agravante.
  • El problema del país no es por falta de ingresos, sino por exceso de gastos; si la reducción del gasto se diera en la medida necesaria, no tendría sentido devaluar.
  • Lo que se necesita no es una devaluación para tener más bolivianos para continuar gastando a manos llenas, sino más dólares a través de la inversión extranjera privada para por fin empezar a ahorrar.
  • Lo primero que exige un régimen de tipo de cambio fijo no sólo es disciplina fiscal, que ya es bastante si se toma solamente en cuenta, por ejemplo, la política de subvenciones, sino coherencia entre las políticas fundamentalmente laboral y productiva: a mayor cantidad de recursos que el Estado acapara y destinada para el gasto, menores recursos son los que el empresariado privado puede invertir de manera rentable, pero si se devalúa se pierde el valor de lo poco que aún la queda al empresario para invertir.
  • Cuando se congeló el tipo de cambio muy pocos se opusieron, porque, al igual que hoy, muy probablemente no tuvieron clara la teoría de la balanza de pagos ni mucho menos el efecto disciplinador de un régimen de moneda fuerte sobre el sector real de la economía; supondrán, pues, que el dinero es simplemente neutral. Es curioso cómo apuntan hoy contra el tipo de cambio fijo sin advertir en su inicio los efectos que causaron y hoy supuestamente se observan: lo que encarece el nivel de vida del país no es el tipo de cambio fijo, sino todo lo demás que con el tiempo ha ido rigidizándose, como la política laboral y productiva. El tipo de cambio es caro en sí mismo solamente si todo lo demás se ha mantenido constante.
  • El argumento de que debemos devaluar porque los demás lo han hecho es cuanto menos infantil y poco serio. La respuesta a la política monetaria está en un incremento cada vez mayor de la competitividad, que no se la logra -ni por casualidad- mediante la devaluación, sino, fundamentalmente, con una liberación del sector laboral y productivo y la atracción del capital internacional privado en proyectos de largo aliento.
  • Es un error sostener que un tipo de cambio flexible es establecido por el mercado. Es justamente con un régimen de tipo de cambio fijo que el mercado que opera de la manera más eficiente posible. Aquellos países que establecen un tipo de cambio flexible lo hacen porque pueden darse el lujo de hacerlo, porque lo acompañan regímenes laborales y productivos altamente competitivos.
  • Sin un tipo de cambio fijo los desajustes la insostenibilidad del modelo de la demanda no sería tan evidente como lo es hoy.
  • El tipo de cambio fijo es justamente lo que delata la insostenibilidad de un modelo económico basado en el hiperestímulo de la demanda agregada, que no ha funcionado jamás, en ningún lugar, ni funcionará.
  • El tipo de cambio fijo orienta a la economía adoptar un régimen internacionalista, pero tal vez quienes se oponen al tipo de cambio fijo “porque Bolivia es una economía pequeña y abierta”, lo hacen porque todavía arrastran la condescendencia del tan incansable como perverso y falaz asistencialismo del desarrollo de los años 70 al estilo de Raúl Prebisch de los años 70, que en otras palabras reza “somos pobrecitos, no podemos, no estamos preparados, no es el momento.”
  • Recurrir a la devaluación cambiaria significaría sumarse a la guerra monetaria internacional más agresiva que se haya visto nunca desde el inicio del programa del Quantitative Easing de la Reserva Federal en 2008, en la que con garantía absoluta que salimos perdiendo.

Y finalmente, por si lo anterior fuera poco para entender la proporción del riesgo y la incertidumbre derivada de una devaluación cambiaria, que es algo en lo que también hemos estado insistiendo incansablemente también desde hace ya algunos años:

Cuando se habla de tipo de cambio lo primero que hace el analista convencional es mirar hacia la balanza comercial, y, como buen mercantilista prebischiano, condenar las importaciones, pero jamás observan el efecto sobre la economía doméstica: el vínculo entre la nacionalización monetaria (o la “bolivianización”) de los últimos 13 años y la expansión crediticia forzosa de los últimos cinco años es demasiado estrecha con el deterioro de la calidad del balance bancario.

Uno de los sectores que indudablemente ha crecido más en el país, al haberse facilitado arbitrariamente el crédito en moneda nacional es el sector bancario y financiero. Esto, al igual que en la mayoría de países de Occidente entre el ataque a las Torres Gemelas en 2001 y el colapso de Lehman Brothers en 2008, los proyectos que se han inducido a iniciar con esos recursos tienen una calidad considerablemente defectuosa (en una economía hiperestimulada la preferencia temporal también se sobreacelera) abriendo distancias demasiado grandes entre su precio y su valor, provocando una burbuja de proporciones nunca vistas.

Sucede que, así como una revaluación artificial de la moneda nacional provoca burbujas generalizadas de activos, una devaluación provocará un desplome en el valor de esos activos hasta su nivel real. Cualquiera diría que el problema sería relativamente inocuo si esos proyectos simplemente tuvieran que liquidarse, pero el problema es que… ¡el pasivo en el banco seguirá siendo el mismo! Probablemente en un inicio se observe un alivio temporal aparente, que estará típicamente mimetizado con un bail-out del sector con dinero del contribuyente, además, pero con una devaluación el efecto explosivo es inexorable.

¿Eso es lo que quieren?