¿Empleado público, yo?

socialismo

Estimado inversor:

En aras de mantener o seguir construyendo nuestro vínculo de confianza, es necesario tener muy claro un problema ético sobre la administración de recursos de terceros, que no tiene nada de pequeño.

Durante ya varios años me he dedicado, desde donde me ha tocado, y de una u otra forma, a ayudar a la gente a preservar su legítima capacidad de generar riqueza en el largo plazo, y desde un inicio mi entorno, sobre todo el laboral, identificó una vena política y de liderazgo en mi trabajo, aunque siempre, y hoy más que nunca, he tenido claro que la política no es la única manera ni mucho menos la mejor manera de lograrlo.

Hoy no es extraño, sobre todo luego de confirmadas mis advertencias, también desde hace ya varios años, sobre lo que está sucediendo con la economía de Bolivia e incluso la global, -es necesario insistirlo machaconamente- que, sin restar tono alguno de soberbia e increpación, me digan que si tanto presumo de saber dónde está el problema y cuál es la solución, entonces es momento de que asuma un importante cargo público antes de que todo vuele por los aires. O yo me estuve explicado muy mal, o la sordera (léase arrogancia de la experiencia) es el costo de no querer escuchar.

Veamos. El rol del empresario -que no el buscador de privilegios- en la sociedad, al darse cuenta perspicazmente o descubrir oportunidades de beneficio en la economía antes que nadie, es el de solucionar problemas de gente que ni siquiera conoce a cambio voluntario de un legítimo beneficio. En este sentido, cuando a un empresario se le impide el libre ejercicio de la función empresarial, se está impidiendo, al mismo tiempo, se coarta a los individuos la convivencia en sociedad.

Por el contrario, si el socialismo es todo sistema de agresión sistemática e institucional contra el libre ejercicio de la función empresarial, es decir, imponer la voluntad de unos individuos sobre otros a través de los distintos mecanismos de coerción del Estado, primero se entendería que el socialismo solamente funciona por medio de la fuerza, pero ni siquiera, sino que no hay forma posible de articular formal y objetivamente todo el volumen de información y conocimiento necesario para encontrar el diseño óptimo de una sociedad. Más aún, de esto se infiere que todo empresario mediocre que busca que sus costos lo asuman terceros haciendo negocios con el Estado teniendo alternativas, es un directo cómplice de uso de la fuerza de unos sobre otros.

Es así que, si acaso no fuera este el problema fundamental, los políticos siempre se presentan a sí mismos como sensibles, sinceros y confiables, y como los mejores candidatos posibles para el cargo público, pero no hay que mirar la política con romanticismo, porque, como decía James M. Buchanan, los políticos no son seres angelicales, íntegros y puros, ni tienen instintos y expectativas distintos a los de cualquier mortal, sino que, al estar más empeñados solamente en asegurarse votos para sí mismos, no tienen por qué cuidar antes del interés ajeno, sea cual fuere.

Para colmo todavía mayor, nos dejamos convencer hasta el hartazgo de que el Estado, sus políticos y burócratas están en el Gobierno para asegurar la felicidad de la población -y mejor si queda escrito en una Constitución- eliminando la pobreza y el desempleo, proporcionando agua y vivienda gratuita, e incluso asegurando que llueva café en el campo, pero mucho más pronto que tarde terminan administrando el dinero de terceros apartándolos casi por completo de sus responsabilidades y prioridades personales.

Más aún, cuando se trata de la administración de recursos de terceros es más que suficiente ilustrar el problema en casos de pérdida empresarial: cuando un empresario comete un error de juicio económico las consecuencias las asumen él y su entorno inmediato, en cambio, en el caso del burócrata las consecuencias las asume la generalidad de la ciudadanía excepto él y su entorno, en el mejor de los casos.

Al respecto, siempre es pertinente recordar a Milton Friedman cuando advertía que, si se pusiera al Gobierno a cargo del Desierto del Sahara, al cabo de cinco años habría escasez de arena, porque, como buen liberal, sí sabía de lo que hablaba. Si a un wealth manager no le confiaría la administración de su dinero, ¿por qué lo haría con un político?

El desgaste de la política en Bolivia, al menos desde los últimos 20 años, ha terminado siendo abrumador con semejante delincuencia y alboroto social permanente. No obstante, aunque los problemas de este tipo siempre van a existir, no se trata de quién gobierna mejor, el aristócrata, tecnócrata o campesino, ni de encontrar a los mejores y más capaces para que gobiernen, sino que, al ser simplemente imposible un aparato burocrático hipertrofiado en sus atribuciones y competencias sobre la economía y en desmedro del ejercicio de la función empresarial, el camino es simplemente otro muy distinto, y no tiene que ver con el endurecimiento de la pena, sino con la magnitud de lo robable.

Desde luego, decir que lo último que haría es oxigenar al Estado cuando haya terminado de fracasar al habérsele terminado el dinero de los demás, es válido para todo momento y lugar. Es más, si para para entonces lo único que queden son los principios, no se tratará del final, sino simplemente el punto de partida.