Todos contra el tipo de cambio fijo, segunda parte

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La primera vez que traté de plantear el debate sobre la conveniencia de incurrir en una devaluación cambiaria con el Dr. Morales, (Todos contra el tipo de cambio fijo, 18/10/2015) ante un artículo en respuesta a un funcionario de Hacienda, me fue muy mal, primero porque respondió con la misma actitud que reprochaba de aquel funcionario, es decir, sin abordar los argumentos y lanzando ofensas (a su juicio, mi posición solamente la defienden “algunos europeos destornillados”); y, segundo, que supuestamente yo habría ensalzado el patrón oro, pero que solamente mencionó él.

Sin embargo, a pesar de que mis argumentos desde entonces no han cambiado ni fueron respondidos, vamos a seguir con los que plantea en esta oportunidad en defensa del artículo de Walter Gómez D’Angelo, en su idea de que debido a la revaluación del boliviano desde 2010, el encarecimiento de los costos en Bolivia aumentan más rápido que los precios dólar en las economías de las que Bolivia importa, y que, por tanto, esto provoca una enorme pérdida de competitividad, y que, finalmente, lo ideal sería incurrir en una devaluación de nada menos que el 50%. Antes de que sea cada vez más caro exportar.

El doctor Morales añade que “si se materializa el anuncio presidencial prematuro de un segundo aguinaldo, la sobrevaluación de la moneda nacional empeorará,” y que “para el sostenimiento de la paridad cambiaria se necesita que el público perciba que las reservas internacionales son suficientes.”

Estamos de acuerdo en que ese será definitivamente el efecto, pero el problema, entonces, no es el tipo de cambio fijo, sino el doble aguinaldo, que es, antes que nada, uno de los muchos otros elementos que claramente encarecen la inversión privada y que, por tanto, restan competitividad. Como ilustración de esto no es que los inversores internacionales están esperando por minutos a que el Banco Central de Bolivia haga simples cálculos de elasticidades y modifique -por dios, no en un 50%- el tipo de cambio para por fin volver a invertir en el país trayendo dólares y que las Reservas Internacionales se estabilicen y recuperen, sino que es indispensable el restablecimiento de una institucionalidad democrática formal respetuosa con los derechos individuales de propiedad privada; si un elemento de confianza, pero más relacionado a la calidad y permanencia del capital privado en el país, innegablemente.

El tipo de cambio fijo es un acierto no intencionado, porque, recordemos, fue establecido con la idea de controlar la inflación importada, pero también ha terminado sirviendo como el mecanismo de alarma más importante para poner en evidencia las ineficiencias del modelo económico en general, y las consecuencias del despilfarro estatal en elefantes blancos sobre el costo de invertir en el país. De otra manera nada de esto sería igualmente evidente.

Al mismo tiempo, también estoy de acuerdo en que no hay que olvidar las enseñanzas de la historia. Por ejemplo, en el marco de la peor crisis económica internacional desde la Gran Depresión, hay ejemplos que echan por tierra la idea de que mediante las devaluaciones se mejora la competitividad, se apuntalan las exportaciones y se refuerza el crecimiento de un país, como se ha sostenido durante décadas hasta que volvimos a caer en la Gran Recesión.

España, al no poder devaluar, se ha visto forzada -aunque todavía tímida y parcialmente- a realizar un ajuste interno, es decir, en aplicar la austeridad y flexibilizar el aparato laboral, y ha terminado mejorando considerablemente su competitividad, exportaciones y crecimiento. Y si de repente en algo ha ayudado el Banco Central Europeo ha sido en intervenir en el mercado secundario para evitar la erosión aún mayor del balance bancario, pero jamás en la financiación del déficit público mediante la emisión de eurobonos y la devaluación directa del euro.

En todo caso, y si de lecciones económicas se trata, lo más importante es tener claro que la moneda es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de cualquier gobierno, más aún si se trata de uno que, en el momento de su mayor decadencia, manifiesta abiertamente estar dispuesto a todo, cueste lo que cueste, por lograr su propósito de seguir acumulando poder.

Artículo (que tal vez será) publicado en Página Siete.

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