¿Sin timón en mar abierto?

Los últimos datos del INE reportan que en octubre, la inflación alcanzó un 11.3 %. Pero no solo es este el factor más alarmante a estas alturas del año en que se pagan aguinaldos, se acercan las fiestas y los precios de los artículos suben aún más, si no que el Banco Central a lo largo de este año, ha ido dando señales que ponen en duda su carácter autónomo y empiezan a servir de nuevo, como bóveda personal para el gobierno central, como en los años anteriores al del D.S. 21060.

De acuerdo a declaraciones de su gerente Eduardo Pardo, el pasado 4 de noviembre en una radio cruceña, el Banco Central ha atribuido la inflación al modelo neoliberal, olvidando que el cambio de estructuras de agosto de 1985 estableció las principales disposiciones fiscales, monetarias, cambiarias y arancelarias que se adoptarían de manera urgente, para detener el proceso hiperinflacionario que se ubicaba en el orden del 23.500 % anual, para así reordenar la economía y solucionar la crisis.

Ahora, las declaraciones de Pardo tienen un contenido político que no se había dado desde la crisis de la Unidad Democrática y Popular en la primera mitad de la década de los 80. Los principios de aquella institución, entre otros, deberían de reconocer el ejercicio de sus funciones de manera independiente a la de otras entidades o poderes del Estado, su principal fortaleza debe radicar en la confianza que puede generar en los individuos y en la población en general y, por lo mismo, todos sus actos deben de estar orientados a garantizar un accionar transparente, coherente y consecuente con sus fines y responsabilidades.

En este sentido, no solo ha dado muestras de convertirse en vasallo del gobierno con aquellas declaraciones, sino que podría considerarse que durante la actual gestión, esta institución ha ido mostrando grandes falencias al momento de controlar la inflación -arriesgando la estabilidad económica- por no seguir la lógica de lo que por ejemplo, en economía son las “expectativas adaptativas”.

Este término se refiere al momento en que los individuos basan sus expectativas de lo que sucederá, teniendo en cuenta lo que ya sucedió. Es decir, que la gente esperará una alta inflación porque en el pasado observó que también lo fue, impulsando la demanda de incrementos en sus salarios, generando así una espiral inflacionaria autosostenida. O lo que viene a ser lo mismo: “el solo hecho de esperar inflación, genera inflación”.

Con el fin de buscar efectividad en sus medidas, esta institución debe dar señales de perfecto control de la economía, con seguridad, confianza y autonomía, y con el fin de evitar cualquier escepticismo por parte del público ante cualquiera de sus decisiones. Bien podría declarar que la inflación del próximo año no será tan alta como se pensaba y que si el público piensa demandar incrementos salariales, tendría que hacerlo en forma moderada.

Parece ser que este es un momento para prestar verdadera atención al manejo de la economía por parte del gobierno y el Banco Central, si es que sobre todo este último no piensa en la seriedad y consecuencia de sus declaraciones.

No olvidemos que uno de los principales factores que desencadenaron la hiperinflación de los ochenta fue que el gobierno pretendía financiar el pago del servicio de una enorme deuda externa con la impresión de billetes, porque el control de aquella institución estaba a cargo del gobierno central.

Es común que los gobiernos en general declaren posiciones y medidas vergonzosas como las del Ministro de Hidrocarburos, Carlos Villegas, al contradecirse y enredarse con sus propias palabras, fruto de sus lagunas mentales que afortunadamente no pasan a mayores, pero si el Banco Central obra con el mismo criterio, entonces nos veremos todos a la deriva, sin timón en mar abierto.

Artículo publicado en Los Tiempos

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