Shiller: el caso keynesiano de las burbujas keynesianas

A las siete de la mañana de este lunes 14 de octubre, la Real Academia de las Ciencias de Suecia anunció que el Premio Nobel de Economía 2013 es sobre predicciones, y que los laureados son Eugene F. Fama y Lars Peter Hansen de la Universidad de Chicago, y Robert J. Shiller de la Universidad de Yale, “por sus  análisis empíricos sobre los precios de los activos”.

No voy a concentrarme en los detalles de su trabajo, sino en una crítica válida tanto para el intervencionismo monetarista de la Universidad de Chicago, como para el del keynesianismo de la Universidad de Yale que ayer provocaron la Gran Recesión y hoy acosan la recuperación con la creación de nuevas burbujas, y entre estos me parece que el caso de Shiller es el que mejor sintetiza lo que el galardón de este año en realidad significa.

Shiller es un economista ampliamente respetado por ser quien habría predicho la burbuja del Nasdaq al publicar su libro Irrational Exuberance  en el año 2000, por haber advertido la burbuja inmobiliaria con la publicación de la segunda edición del mismo libro en 2005, y por haber elaborado junto a sus colegas Karl Case y Allan Weiss, el índice S&P Case-Shiller que rastrea los precios de las viviendas en 20 ciudades de Estados Unidos. De un tiempo a esta parte, Bob Shiller se había convertido durante ya algunos años en una de las principales apuestas como un próximo e indiscutible Nobel.

Shiller y las burbujas especulativas

En el mencionado libro, apoyado en aquella famosa frase de Alan Greenspan sobre las etapas de gran auge especulativo, uno de los argumentos más fuertes de Shiller es no sólo que los mercados financieros no logran eficiencia porque adolecen de imperfección y fallos de mercado, sino que las formaciones de burbujas tienen su causa en factores psicológicos, en contagio social, en los “espíritus animales” de Keynes a los que en 2009 les dedicó un libro homónimo.

Desde que la burbuja del crédito hipotecario estadounidense explotó en 2007, de repente todos los economistas se han hecho expertos (o han buscado hacerlo) en predicciones de burbujas inmobiliarias como un gran nuevo mal generalizado en todas y cada una de las economías alrededor del globo; corren desafíos científicos tácitos construyendo sofisticados índices y calculando elasticidades precio de la demanda, para convertirse en los siguientes grandes predictores de la próxima gran burbuja inmobiliaria en su pequeña ciudad, y otros incluso identifican burbujas en todo incremento generalizado de precios de activos de tal o cual sector, como el de la importación de automóviles de bajo costo, e incluso algunos como Roubini sostienen que, por lo mismo, observando un incremento anormal o extraordinario en su precio, existe una burbuja en el oro. Hoy todo parece una burbuja a punto de explotar.

En una de sus últimas columnas de opinión en el famoso Project Syndicate (portal que acoge a otros de comparable calibre como Stiglitz y el mencionado admirador de Marx) titulada Bubbles Forever, Shiller define una burbuja especulativa como “a situation in which news of price increases spurs investor enthusiasm, which spreads by psychological contagion from person to person, in the process amplifying stories that might justify the price increase. This attracts a larger and larger class of investors, who, despite doubts about the real value of the investment, are drawn to it partly through envy of others’ successes and partly through a gambler’s excitement.”

Este punto de vista es completamente equivocado. Puede que desde la mano invisible de Adam Smith los economistas se inclinen por el misterio cuando sus teorías adolecen de tan importantes limitaciones al tratar de explicar tales fenómenos desde el paradigma de las ciencias naturales, pero al menos desde 1912 con la publicación de La Teoría del Dinero y el Crédito de Ludwig von Mises, estos problemas no tienen nada que ver con el misterio, sino con las acciones de los inversionistas que, al igual que la de todo agente del mercado, son conscientes, son racionales y actúan deliberadamente con un propósito.

Tiene que haber un mecanismo que perjudique el funcionamiento de una economía libre de mercado para que los precios de los activos se alejen tanto de sus fundamentos para luego provocar un crack bursátil, pero a tantos años luego de la primera edición de su libro más citado, y aunque tenga razón en anotar que Eugene F. Fama, con quien comparte el galardón, no sabe lo que una burbuja significa o que dude de que éstas siquiera existan, Shiller comete el mismo error de Fama al no encontrar aún ninguna relación entre las burbujas especulativas y la laxitud de la política monetaria.

Toda vez que el libre ejercicio de la función empresarial es bloqueado institucional y sistemáticamente, surgen problemas de desajuste y descoordinación en la economía. Shiller, en cambio, como todo economista monetarista o keynesiano, ha obviado que una burbuja financiera puede ser identificada cuando el precio de un activo a precios de mercado es superior al valor que el mismo rendirá en el futuro, siempre que la banca central reduce las tasas de interés de manera arbitraria para estimular la economía. De esta manera, afectando el nivel natural de las preferencias temporales de consumo de los agentes, a su vez se afecta de manera directa la relación valor-precio de estos activos financieros. Esto significa que los empresarios, una vez que reaccionan a las tasas de interés en los mercados de capital, son inducidos a cometer errores de manera sistemática, generalizada y descoordinada respecto de los deseos de los consumidores.

Pero no toda especulación es sólo al alza como precisamente pensarían quienes le tienen fobia a la deflación que permite a corregir aquellos errores cometidos durante la etapa del auge insostenible. Gracias a la técnica de inversión de algunos como Warren Buffet, el problema puede ser entendido también a la inversa para incluso salir beneficiado: cuando se identifican precios de un activo por debajo de su valor incluso fruto de aquella descoordinación entre precios y valor, entre ofertantes y demandantes, entonces es el momento de comprar y luego ganar como en feria incluso antes de que las tasas de interés sufran un incremento.

Todo esto, contrariamente a lo que Shiller sostiene y a pesar que sea lo que le vale el Nobel, no tiene absolutamente nada que ver con los fallos de mercado, la psicología errática de los inversionistas o el contagio social, ¡mucho menos la envidia! sino con las políticas monetarias eternamente laxas del sistema de banca central que envía señales equivocadas al mercado induciendo error, alguna vez en sectores tecnológicos, otras en el sector inmobiliario estimulado por el gobierno central y hasta en bonos soberanos.

Shiller, el empirismo y las predicciones en economía

En el mismo artículo de Bubbles Forever, Shiller hace bien en destacar que las burbujas no pueden necesariamente evitarse, pero al ignorar la manera en que éstas son estimuladas, yerra y manifiesta frustración en advertir las siguientes en tiempo y forma. Claro que una vez conocidas las causas y entendiendo que la economía no trata con átomos y bacterias, sino que estudia la acción humana e interacción social, es posible hacer predicciones de tendencia. Una cosa es decir en base a hechos históricos irrepetibles que en diciembre el Nasdaq sufrirá un desplome del 15 por ciento, y otra decir que ante el incremento de la demanda, el precio también registrará un incremento en cuanto la oferta no registre también un incremento paralelo que anule su efecto, anticipación que, por cierto, corresponde a empresarios y no a economistas.

En el contexto de los Nobel, así como Hayek antes advertía que el artículo de Friedman, que planteaba como fin último de estos profesionales la predicción, The Methodology of Positive Economics, era tan peligroso como la Teoría General de Keynes, Hayek también advirtió el peligro del empirismo en economía nada menos que en su discurso de recepción del Nobel en 1974, The Pretence of Knowledge:

There is danger in the exuberant feeling of ever growing power which the advance of the physical sciences has engendered and which tempts man to try, “dizzy with success”, to use a characteristic phrase of early communism, to subject not only our natural but also our human environment to the control of a human will.

Pero el trabajo de Shiller es incluso cuestionable en su propio campo de dominio profesional. Jeremy J. Siegel, destacado profesor de Wharton y autor del ponderable Stocks for the Long Run, hace poco escribió un artículo en el que afirmaba que “Robert Shiller’s famous stock market valuation ratio has a big bias. (…) For many years its predictions have been very bearish. In fact, in all but nine months in the past 22 years the Cape ratio has been above its long-term average, and the ratio currently predicts well below-average stock returns.” Siegel dice bastante más, pero las predicciones del de Yale sobre una  pronta caída podrían simplemente no cumplirse, ni en el momento ni en la magnitud calculada.

En ese caso, ¿qué sucede con el Nobel una vez probada la falibilidad predictiva del instrumental empírico de Shiller? Seguro no lo devuelve como tendría ya que haberlo hecho Krugman por su enorme desprestigio no en el mundo del empirismo en el que alguna vez bien se defendió, sino en el mundo las ideas y debate a los que debería estar dedicado este máximo galardón científico. ¿Se considerará otorgárselo a Siegel, tratándose de un galardón de la economía empírica y la predicción? ¿Qué sucede si se cumple la predicción de Siegel con un Dow Jones a 17.000 puntos hasta fin de año, y no la de Shiller? A esto se reduce el Nobel de Economía 2013.

Shiller contra el euro y la austeridad europea

Finalmente y para conclusión, una última idea que termina de dibujar la caricatura de Shiller como economista contemporáneo es la típica posición de la síntesis neoclásico keynesiana que destila fobia a la deflación al seguir solventando la fiesta, al etílico, al drogadicto. Puntualmente, Shiller es uno de los tantos economistas que por consenso ha arremetido contra la austeridad europea que a Merkel le acaba de valer la segunda relección (o el tercer mandato) en Alemania, y contra el euro que los países bálticos buscan adoptar luego de permitir que la inevitable liquidación de proyectos sin demanda real y efectiva de mercado siguiera su curso en la recuperación para evitar mayores lastres lo antes posible.

Shiller se refirió al euro como “un símbolo en decadencia”, que era preciso que Europa se reinventara planteando el caso contra la austeridad que gracias al euro se ha impuesto en la Unión Europea, con rescates, sí, pero a cambio de ajustes y reformas. Shiller está probablemente en favor de la perversa unión fiscal (que no es otra que la política) y bancaria con la que alguien como Lincoln soñó para los Estados Unidos por la Fuerza de América. Pero Shiller es al menos consecuente con lo que el intervencionismo finalmente busca: al funcionar como un pseudo patrón oro clásico que maniata a los ministros de hacienda, y como institución de origen de mercado espontaneo y evolutivo que permite el cálculo económico en el mercado a pesar de sus actuales vicios por el Estado, probablemente busca la desaparición del euro para consolidar así la construcción del socialismo leninista como “la mejor manera de corromper el sistema capitalista”, ni más ni menos.

Artículo publicado también en Economía Bolivia.


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