El gobierno que eligió no gobernar

Había una secuencia lógica que cualquier gobierno medianamente serio debía respetar desde el primer día, sobre todo sabiendo que, más temprano que tarde, tratarían de derrocarlo: seguridad y defensa primero. No era una opinión ni una preferencia ideológica; era la condición de posibilidad de todo lo demás. Rodrigo, en cambio, prefirió inaugurar su mandato con una gira por pueblos del altiplano de cara a la tribuna, en un ejercicio de construcción de imagen que buscaba anclarlo en el imaginario de lo nacional-popular, como siempre pretendió. El problema es que gobernar no es construir imagen ni discursos vacíos e incluso tontos. Y esa confusión, instalada desde el minuto cero, terminaría pasando una carísima factura.

En esa misma lógica de la simulación, creyó que podía domesticar a los movimientos populares agrupados en torno a, por ejemplo, la COB, mostrándose incómodo ante la convocatoria de Trump en el Doral. Les dijo, con esa actitud de resignado dirigente de barrio, “voy a tener que ir, ¿no?”, como si asistir a un foro regional de seguridad y defensa fuera poco más que un trámite para conseguir financiamiento para obras de infraestructura, como les dijo que aquella cumbre tenía como objetivo. Lo que no entendió, o no quiso entender, es que ese escenario era precisamente una oportunidad estratégica que requería preparación, posicionamiento y criterio responsable justamente para lo que el país está viviendo ahora mismo. No ocurrencias ni improvisación.

Las alianzas que nadie cortó

Mientras tanto, la relación militar que los gobiernos del MAS habían cultivado con Irán seguía intacta, como si nada hubiera cambiado. Y aun en el caso de que algo hubiera cambiado formalmente, no se hizo absolutamente nada con los funcionarios de embajadas enemigas de las sociedades abiertas —Cuba, Venezuela, Rusia, China, Irán— que siguieron operando con total libertad en territorio nacional, conspirando como siempre lo han hecho para llevar a Evo Morales al poder. Nadie los tocó. Nadie los expulsó. Nadie les redujo siquiera el margen de maniobra.

La señal más elocuente de lo que vendría llegó con la asunción de Leonardo Loza en el Chapare, donde los embajadores de Irán y Rusia se hicieron presentes para asistir a la proclamación de ese territorio como la nueva capital del país. Fue, en la práctica, una declaración de guerra simbólica a la que el gobierno respondió con silencio. Y a partir de ahí, los bloqueos entraron en su fase más dura.

El tiempo regalado a la izquierda radical

Hasta ese punto, la única decisión económica relevante había sido el medio gasolinazo, concebido como una medida transitoria de seis meses a la espera de un nuevo escenario y una posible nueva ley de hidrocarburos. Esa ley no existe. No hay nada hasta hoy.

Lo que se le reclamaba entonces a Rodrigo era simple: que se pusiera a trabajar. Tenía las condiciones para hacerlo. Contaba con el respaldo de Estados Unidos y de toda la comunidad internacional. Tenía el apoyo incondicional de Samuel y de Tuto para las negociaciones en el Legislativo. ¿Qué faltó? Voluntad. O capacidad. O ambas. El caso Lara ilustra bien el problema: fue el propio Rodrigo quien lo trajo, y fue el propio Rodrigo quien nunca intentó articular con él una agenda legislativa mínimamente funcional. Ni siquiera hizo el intento de negociar. Paz no le cortó las piernas a Lara, sino la capacidad de maniobra de su propio gobierno desde el Legislativo, eligiendo la negociación callejera directa.

El resultado fue un regalo de tiempo extraordinario a la izquierda radical para que se reorganizara, tomara impulso y llegara hasta donde está hoy. Eso no fue mala suerte. Fue negligencia estratégica con consecuencias perfectamente previsibles.

El error narrativo que nadie corrigió

En el plano comunicacional, el primer gran error fue dejar que Rodrigo improvisara absolutamente todo, empezando por sus promesas en materia económica, y que encima se lo vendiera como un hombre de impronta de derecha cuando ni él mismo se lo cree. Las primeras semanas le hicieron repetir Dios, Patria y Familia como si el mote fuera suficiente para construir una identidad política. No lo fue, y le duró poco. Pero el daño quedó hecho: el Socialismo del Siglo XXI encontró en ese rótulo el argumento perfecto para instalar la narrativa de que hay que derrocar al “derechista” de Rodrigo. Y así, cuando llegue la derrota electoral, la izquierda podrá decir con comodidad que fue la derecha la que fracasó estrepitosamente.

Sobre los últimos 25 días de cercos, bloqueos y terrorismo en las calles, el error fue concentrar todo el discurso en Evo Morales. Es comprensible la tentación: Evo es reconocible, está malherido políticamente y es indefendible dadas sus causas judiciales. Pero al hacerlo centro del relato, le devolvieron protagonismo, le permitieron recobrar oxígeno y le regalaron la posibilidad de que se lo defienda internacionalmente como víctima de la persecución derechista. El relato correcto era otro: mostrar que quien quiere derrocar a este gobierno es el SSXXI y el Grupo de Puebla, con todo lo que eso implica. Raúl Castro al borde de la detención. Correa prófugo. Alex Saab capturado y delatando a sus socios. Rodríguez Zapatero salpicado por dinero sucio del chavismo. Ese era el argumento. Ni se usó ni se usa.

Sobre el uso legítimo de la fuerza

Cuando se discute si intervenir o no los focos de conflicto recurriendo al uso legal y legítimo de la fuerza, hay una regla que no admite excepciones: se usa la fuerza que te confiere la propia Constitución antes de que ya no puedas hacerlo. El terrorismo no se negocia, pero tampoco se interviene de manera irreflexiva. Lo que se hace es evaluar: por ejemplo, focos de tensión, liderazgos en terreno, fuentes de financiamiento, dimensión y alcance del armamento. Para eso existen unidades especializadas tanto en la policía como en el ejército. Y el primer objetivo es siempre evitar muertos.

Por cierto, vale la pena detenerse aquí, porque hay una confusión que se repite con insistencia: quienes se inclinan por el diálogo con los terroristas creen que es la postura más benigna, la que mayores probabilidades tiene de evitar fallecidos. Es exactamente al revés. Se desbloquea precisamente para evitar fallecidos: para que pasen accidentados y enfermos, oxígeno, medicamentos, enfermeras, médicos, ambulancias, combustible y comida. La parálisis no es humanitaria. Es letal.

Y en cuanto a la intervención en sí misma, no se trata de abrir fuego contra manifestantes desarmados. Se trata de tener capacidad de respuesta frente a quienes portan dinamita, mausers y, en algunos casos, AK-47; sí, así es. No es una masa homogénea de manifestantes y terroristas, y tratarla como tal —ya sea para justificar la parálisis o para caricaturizar la intervención— es igualmente irresponsable.

En todo caso, algo que llama poderosamente la atención es que la iniciativa de desbloquear avenidas y carreteras no haya venido del gobierno, sino de una demanda de acción popular impulsada por el ex diputado Amílcar Barral. Sin esa presión ciudadana, el gobierno ni siquiera habría respondido a su obligación constitucional más elemental: garantizar la libre locomoción y evitar que los bloqueos siguieran cobrando vidas.

El lujo de desperdiciar cada oportunidad

Para terminar, y volviendo al principio: el gobierno no tiene capacidad de aplicar el Estado de Excepción. En parte porque en 2020 Eva Copa maniató al ejecutivo con una ley diseñada expresamente para neutralizar al gobierno de Jeanine Áñez, y ese candado sigue vigente. Y también porque probablemente no hay gasolina ni recursos para trasladar efectivos a las zonas de mayor tensión subversiva.

Policía y ejército han sido rebasados en sus capacidades. Y aun así, este gobierno se ha dado el enorme lujo de desperdiciar el respaldo de la comunidad internacional y de ignorar olímpicamente el marco del Escudo de las Américas, al que Rodrigo asistió sin la menor idea de su alcance estratégico, convencido —como siempre— de que, cual alcalde, era otra oportunidad para gestionar obras de infraestructura pública.

Eso, en síntesis, es lo que ha pasado. No es una crisis que cayó del cielo, sino un escenario construido pacientemente por omisión, ineptitud, la irresponsable improvisación y la huida sistemática de las responsabilidades de gobernar.

Lo que el mercado ya está descontando

Y con todo esto, las diez leyes de reformas estructurales de Rodrigo quedan hoy más lejos que nunca. Solamente como breve ilustración de los desafíos inmediatos —y ya no hablamos de lo más desastrosamente patético, que es el manejo comunicacional—, los mercados internacionales le están descontando el tiempo a Rodrigo, pues ya están castigando severamente a Bolivia con un riesgo soberano sensiblemente más alto que hace una semana y un spread en bonos considerablemente mayor, que nos lleva nuevamente al borde del default. Con el mismo déficit estructural de fondo, eso se traduce en más presión sobre el tipo de cambio y, por tanto, en más devaluación y más inflación. El costo de no haber gobernado cuando había que hacerlo no es solo político. Es, como siempre termina siendo, un costo que pagan todos los bolivianos de bien en su conjunto.​​​​​​​​​​​​​​​​

Disfrutar de lo votado.

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