En mesurada defensa de Merkel

No tendría por qué ser extraño, todo líder en tiempos de crisis recibe críticas de propios y extraños, sobre todo desde los círculos académicos convencionales, ya sea por acción u omisión. Este es el caso de Ángela Merkel, quien ha sido blanco de economistas y políticos keynesianos que esperan que ceda ante la presión del ala intervencionista de la Unión Europea para monetizar la deuda del Viejo Continente, es decir, imprimir dinero. Pero tampoco debería ser extraño que la mandataria alemana haya servido de diana también para economistas que, aunque más bien se caracterizarían por ser liberales, podrían estar lanzando diatribas desde la misma vereda de los intervencionistas, poniendo de relieve los errores de política y consiguiente agravamiento de la crisis que aquello implicaría.

Entre los keynesianos se encuentra Paul Krugman, a cuyo alegato de imprimir dinero ya se le dedicó un espacio para no sólo decir por qué se trata de una mala idea para la recuperación económica, sino que hacerlo implicaría sostener y precipitar un negocio que jamás debió llevarse a cabo y que en algún momento debe liquidarse. Entre los liberales que también critican a Merkel se encuentra Xavier Sala-i-Martin, reconocido economista catalán de la Universidad de Columbia, y cuya idea de ampliar la base monetaria coincide –aunque no sostenida en tan burdo argumento- con la de Krugman. Para Sala-i-Martin el problema para una rápida recuperación europea está en la oposición de Merkel por imprimir euros, aunque bien hace en anotar no lo hace porque cometería una ilegalidad, al igual que la que cometieron los países altamente endeudados, y sugiere obviar el espíritu con el que aquellas reglas fueron acordadas.

Los argumentos de Sala-i-Martin rezan de la siguiente manera:

“En su ‘Monumental Historia Monetaria de los Estados Unidos’, Milton Friedman y Anna Schwartz demuestran que uno de los factores que más contribuyó a la Gran Depresión de los años 30 fueron los errores de política monetaria: obligado por la camisa de fuerza del patrón oro, el Banco Central (llamado Reserva Federal, FED para los amigos) no contrarrestó la contracción fiscal de los años 30 con una política monetaria expansiva. Si lo hubiera hecho, la depresión se hubiera evitado. Por eso el actual presidente de la FED, Ben Bernanke, un estudioso de la Gran Depresión, ha imprimido [impreso] dólares masivamente.”

Repasando el núcleo del problema económico en la eurozona, la principal causa se encuentra en el Banco Central Europeo (BCE) y la política expansiva de dinero fácil que vino sosteniendo desde la adopción del euro en 1999. Este mecanismo se tradujo en una condición de préstamo a la cual los fondos fueron tomados con tasas de interés inferiores a las que hubiesen prevalecido en condiciones de libre mercado, lo que permitió a los gobiernos socios lograr el cometido de un Estado cada vez más subsidiario, asistencialista e interventor sobre la economía, hasta abrir una brecha abismal de bancarrota que arrastra desde hace ya tres años.

Puede ser que alguien como Hayek haya coincidido con Friedman (lugar de donde se supone que se habría generado consenso que avale las decisiones de Bernanke) en que de haberse expandido la base monetaria se hubiese evitado la deflación de precios y la llamada “contracción secundaria” que degeneró en depresión, pero también podría ser válido decir que al no ampliar la base monetaria se habría evitado en EEUU lo que en Bolivia sucedió durante los años 80: hiperinflación.

El problema es precisamente que para que la demanda agregada reaccione, aquella que se pretende reactivar imprimiendo dinero una vez más, primero debe corregirse la estructura productiva que se expandió erróneamente. Las políticas expansivas de los bancos centrales están bloqueando el proceso de mercado, las señales (precios) sobre las cuales se guían los individuos y, finalmente, impidiendo  la corrección de la mencionada estructura productiva. Todo proyecto que hubiese quedado sin demanda sería paralizado oportunamente y se liberaría recursos para dirigirlos hacia aquellos que sí son viables. Un pequeño pero claro ejemplo de este caso fue el reciente Black Friday: la gente estuvo tratando de ahorrar hasta el momento en que pudo aprovechar de los precios bajos. Aunque fugaz, esa fue una señal para saber cuál es el camino de la recuperación.

Por otro lado, resulta sintomático que Sala-i-Martin hiciera analogía del euro con el patrón oro:

“En la actualidad, el ‘patrón euro’ representa para los europeos una camisa de fuerza parecida a la que el ‘patrón oro’ representó para los americanos: impide que uno lleve a cabo políticas monetarias expansivas que amortigüen los efectos contractivos de los recortes fiscales. España vendió su alma monetaria al diablo (más concretamente, al Banco Central Europeo, BCE para los amigos) cuando entró a formar parte del euro y ya no puede imprimir pesetas. Para salir del agujero, pues, debe ser el BCE el que imprima euros para el conjunto de Europa.”

En defensa de Sala-i-Martin, puede que mayor liquidez no signifique –literalmente- la impresión de dinero como en Bolivia (porque no lo aclara) y que esta liquidez no necesariamente se traduzca más tarde en hiperinflación, simplemente porque podría poner antiguos depósitos en circulación y en calidad de préstamo de corto plazo. No obstante, sí está cometiendo el mismo error que Krugman e incluso Nouriel Roubini en el sentido de que el patrón oro hubiese causado la gran depresión o que no hubiese permitido la recuperación. El problema fue y es  –como anotamos- la sobre expansión del crédito por parte del sistema de banca central, aquel que fue posible solamente en ausencia del patrón oro.

Pero es que es esa la virtud del euro todavía: impidió que bancos y gobiernos recurrieran a la manipulación monetaria que pretendía corregir desequilibrios exteriores crónicos, cuando en realidad sólo los mimetizaba. Lo único que provocará la devaluación tanto del euro como de cualquier moneda doméstica es que (dicho sea de paso, recuerda al célebre, clásico y ambiguo fine tuning keynesiano) al ser el dinero un bien escaso, los individuos vuelvan al trueque en el ánimo de buscar un depósito de valor. Con un patrón oro, en cambio, al ser la producción aurífera mundial de entre 1 y 2 por ciento anual, sólo podría reemplazarse el stock de existencias en 50 años, por lo que la banca otorgaría préstamos solamente en relación a sus reservas y la categoría de sus inversiones, y no de manera indefinida, sino mediante cheques bancarios (circulante) y según las exigencias de la producción en la economía.

Finalmente, y volviendo a la causa que Merkel defiende tal vez sin saberlo, el mundo occidental tiene mucho que agradecerle frente al expansionismo de Bernanke y ahora Draghi, al menos por el momento. Una defensa moderada de Merkel no es precisamente por no haber solucionado nada, como constantemente señala Sala-i-Martin, sino porque al menos en 2011 no buscó precipitar el colapso de la moneda común.


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