Llovió y ahora no hay cosecha

Varios autores, en varias ocasiones, hicieron observaciones y advirtieron sobre los riesgos que representa priorizar el gasto y postergar la inversión en tiempos de las famosas vacas gordas. Otros autores consideran que aún nos encontramos en tiempos de vacas flacas a pesar de tener una balanza de pagos favorable y no tener déficit fiscal porque nuestra gente sigue siendo igualmente pobre que hace cincuenta años. Sin embargo, aunque coincido con esta segunda observación, es importante aceptar que ésta época de bonanza económica parece llegar a su final más rápido de lo que se pensaba. Veamos por qué.

Si bien la economía boliviana está fuertemente ligada al factor comercial con la China y la India con la venta de productos primarios, también lo está con el factor financiero con los Estados Unidos y su actual crisis del crédito hipotecario. Más allá de que el maestro Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal del mismo país, asegurara la anterior semana que los peligros de una recesión serán menores a los que se especula, aún así existe peligro y basta con observar la facilidad con que una persona común puede pagar la adquisición de un bien y casi cualquier servicio con dólares americanos dentro del territorio boliviano para saber que existe una estrecha relación.

Si efectivamente se da una recesión en los Estados Unidos, es decir, un período de crecimiento negativo del Producto Interno Bruto, habrá un reajuste en la demanda de aquel país, originando un fuerte golpe financiero en las economías de nuestros más importantes aliados económicos, como Brasil y Argentina y, por tanto, en la nuestra.

De hecho, desde fines de julio, el real brasilero ya comenzó a depreciarse.

Aunque respetable por su seriedad y compromiso, la posición de algunos autores de crear o no un Fondo de Estabilización (como en Chile con el cobre) para disminuir estos impactos, quienes deberían de por lo menos acceder a estos espacios de reflexión, no los tomaron en cuenta. Entonces, ¿en Bolivia pasa o no pasa nada? Y si pasa, ¿no será momento de encontrar un mecanismo efectivo para hacerse escuchar y manifestar las verdaderas preocupaciones de los expertos en la materia?

Pero, entre otras cosas, si no se mantuvo una política económica conservadora manteniendo disciplina fiscal, velando por un tipo de cambio caro y estable, y una regulación bancaria preventiva que no afecte la liquidez, entonces, el haber desaprovechado la bonanza económica traerá una factura impagable: la eternización de la pobreza en Bolivia.

Después de las inundaciones del fenómeno climático del Niño, esta sería la segunda advertencia para que el gobierno en su conjunto empiece a convertirse en sujeto de crédito, por lo menos para el 54% que lo eligió. Sería segunda señal para que el gobierno empiece a realizar inversiones efectivas que solucionen los verdaderos problemas que Bolivia aún no es capaz de superar. Segunda oportunidad para que por lo menos se deje de gastar en mal llamadas nacionalizaciones que no generan siquiera un puesto de trabajo.

El tiempo en que la bonanza económica no es tan evidente se avecina antes y en Bolivia se sigue discutiendo sobre temas de capitalidad, reelección y cosas aún más absurdas como el Nobel de la paz para Morales.

La gestión de gobierno en esta materia ha sido sumamente mediocre y llena de simbolismos que no llenan el estómago de la gente. La fuerza de las circunstancias es real y, como alguien dijo oportunamente, “si la economía de los países grandes estornuda, el efecto en la economía de los países pequeños, es una pulmonía”.

Artículo publicado en Los Tiempos.

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