Merecido Nobel para Paul Romer

El premio Nobel de Economía 2018 lo llevan William Nordhaus y Paul Romer. Mucha gente había reducido sus expectativas sobre el valor que generaba el Nobel hace ya unos años, cuando parecía no haber demasiada creatividad en la búsqueda de los aportes científicos más importantes a la economía, sin necesariamente desmerecer a los ya premiados anteriormente, al punto en que hubo quienes propusieron que el Nobel de Economía fuera entregado solamente cada dos años.

Más aún, muchos expertos en la materia incluso había perdido sus esperanzas de que el Nobel fuera otorgado alguna vez a economistas tan ampliamente aclamados, y con toda razón, como Robert J. Barro o Arvind Subramanian, entre varios otros, y desde luego que también para alguien mucho menos convencional como Israel M. Kirzner.

El nombre de Paul Romer no ha resonado este año solamente a partir de hoy, sino ya desde enero, cuando fue el protagonista de la polémica en la baja calificación de la economía de Chile en el Doing Business del Banco Mundial.

No obstante, Romer hoy es protagonista por ser uno de los receptores del máximo galardón científico en economía. Este año el Nobel no ha constituido sorpresa alguna, pero nadie supuso que luego de lo mencionado el Nobel finalmente llegaría para alguien como Paul Romer en particular y para el campo del crecimiento económico en el que se destaca la importancia del rol de las ideas, donde inconfundiblemente se identifica el punto inicial de generación de riqueza se encuentra en la cabeza de los individuos, no de las masas o las cosas materiales, riqueza que no está dada, sino que se encuentra primero en ese “alertness” al que Kirzner se refiere, en ese estar permanentemente alerta sobre las necesidades de su entorno para descubrir e identificar, antes que nadie, oportunidades para solucionar problemas a cambio de un legítimo beneficio, conocimiento que está, además, disperso en el conjunto de individuos con una innata perspicacia empresarial innovadora.

Además, también el rol de las instituciones tanto formales como informales, como la democracia o el Rule of Law, la honestidad de los jueces, o las simples buenas costumbres y buenas maneras, que son las que de acuerdo a Romer permiten a los individuos interactuar (aunque yo preferiría decir que son las instituciones de origen espontaneo y evolutivo tan importantes a las que Menger y Hayek se referían para explicar la forma en que los individuos han encontrado para convivir en sociedad), elementos que, en el desarrollo científico teórico sobre el crecimiento, han fallado ya antes Arrow, Samuelson y Solow en sus propios modelos.

 

Y no sólo que Romer sí ha tenido éxito, sino que, además, tiene experiencia y conocimiento de causa emprendiendo al haber fundado su propia startup, Aplia, una plataforma académica que ofrece productos de tareas en línea orientados a cursos de nivel universitario.

Sin embargo, hay algo en lo que Romer podría no estar acertando. A pesar de haber explicado muy bien la manera en que podrían haberse formado las que denomina como Charter Cities, donde las ideas innovadoras pueden florecer mediante una carta fundacional específica independiente, con una serie de normas concretas, tal vez pierde de vista el factor de espontaneidad en el desarrollo de las que yo prefiero llamar Startup Cities, aquellas como la que fue Silicon Valley en sus inicios. Es cierto que todo proyecto arranca con un conjunto de ideas con suficientes reglas e incentivos a seguir, y que de alguna manera atraen a los interesados, pero Silicon Valley nunca llegó a ser proyecto concreto alguno.

Efectivamente, esto tiene que ver con los denominados territorios inteligentes o ciudades creativas, pero cuyas ideas tienen mucho de peligroso constructivismo. Espero estar equivocado, pero todo esto equivale a decir que las cosas en el mundo serían automáticamente mejores si tan sólo nos concentráramos en construir y establecer muchas más Silicon Valley, estableciendo reglas e incentivos que estamos seguros que funcionan por la evidencia empírica que lo demuestra, pero también sabemos simplemente no pueden crearse ciudades donde los jueces sean simplemente honestos, no hay forma de garantizarlo.

Antes de terminar, valga destacar algo muy importante en esta addenda: en palabras de Romer, “la [economía] matemática no es ciencia”. Los austríacos dan esto por obvio y vienen diciéndolo al menos desde la Revolución Margina. De hecho, Carl Menger desarrolló, a diferencia sobre todo de Walras, la teoría subjetiva del valor sin recurrir a métodos matemáticos, aunque eso no es lo importante ahora. No obstante, es necesario apuntar que las matemáticas son de todas maneras importantes en economía, pero también es necesario tener en cuenta que, por mucho que ayuden, nada de lo que se haga con ellas es recomendable para determinar cualquier tipo de decisión en ningún ámbito económico.

Finalmente, con el Nobel para Romer se está reconociendo, finalmente, el rol dinámico del crecimiento y la capacidad espontanea de generación de riqueza de largo plazo en el mundo científico académico de la economía, que mucho le hacía y todavía le sigue haciendo falta, a pesar de haber arrancado hace ya tanto tiempo con Joseph A. Schumpeter y su concepto de destrucción creativa.

Como aporte extra, dejo la opinión de Tyler Cowen, siempre temprana y de muchísima categoría, tanto sobre William Nordhaus como de Paul Romer.

Enhorabuena para Paul Romer, la Ciencia Económica y el empresario y su impulso creador como auténtico motor del crecimiento económico.