La guerra que Irán no necesita ganar

En apenas 72 horas, Donald Trump pasó de amenazar con bombardear las centrales eléctricas iraníes desde su club de golf en Mar-a-Lago a abrazar la vía diplomática y asegurar que Teherán está desesperado por un acuerdo. Los iraníes, mientras tanto, niegan cualquier negociación seria y afirman que Trump está hablando consigo mismo. Este vaivén no es una simple anécdota, sino que resume la imprevisibilidad que ha marcado este conflicto desde su estallido a finales de febrero, cuando Washington acusó a Irán de negociar sobre su programa nuclear con mala fe.

El costo estratético de la jugada de Israel

La escalada ha sido constante. La semana pasada, Egipto, Turquía, Arabia Saudí y Pakistán se reunieron en Riad en un intento discreto por abrir un canal de diálogo. No era una iniciativa impulsada por Washington ni por Teherán, sino un esfuerzo regional de potencias afectadas por el caos en el Golfo. El problema surgió de inmediato: Israel había eliminado días antes a Alí Larijani, el jefe de seguridad nacional iraní y uno de los pocos interlocutores con quien Occidente podía razonablemente entenderse.

Se trató de una operación táctica de la inteligencia israelí que resolvió un problema, pero que creó otro: sin un interlocutor creíble del lado iraní, cualquier esfuerzo diplomático resulta estéril. Los egipcios lograron abrir un canal directo con los Guardianes de la Revolución, la verdadera columna vertebral del régimen. Su propuesta consistía en establecer un alto el fuego de cinco días para generar confianza y permitir que las partes se sentaran a hablar sin el ruido de los misiles y los drones. Esa pausa nunca llegó a materializarse del todo.

El plan de los 15 puntos de Trump y el control de Ormuz

Trump ha planteado una base de negociación de 15 puntos que exige a Irán desmantelar sus instalaciones nucleares clave, entregar el uranio enriquecido (alrededor de 450kg al 60%), suspender su programa de misiles balísticos y drones, cesar el apoyo a las milicias proxy en la región y, sobre todo, reabrir de inmediato el estrecho de Ormuz. A cambio, levantamiento de sanciones y supervisión estadounidense de un programa nuclear estrictamente civil.

El problema de este planteamiento es que sigue siendo exactamente lo mismo que EEUU exigía antes de los bombardeos. Para los ayatolás, aceptarlo ahora equivaldría a una capitulación con deshonra, y ningún régimen autoritario capitula mientras conserve una ventaja significativa el control sobre el estrecho de Ormuz.

Por ese estrecho transita una parte sustancial del petróleo y el gas natural licuado que mueve la economía global. Irán lo ha bloqueado con minas, drones y la amenaza permanente de hundir cualquier buque que intente cruzarlo. No es una maniobra improvisada, sino el tipo de guerra asimétrica que EEUU pocas veces (o nunca) ha sabido asumir. Es decir, Irán no puede ganar una guerra convencional contra EEUU e Israel. Su líder supremo ha sido eliminado y tanto su ejército convencional como su cúpula dirigente han sido diezmados, pero no necesitan ganar, sino apenas sobrevivir y mantener al adversario en tensión permanente.

El estrecho es, en la práctica, más angosto de lo que parece en los mapas: el canal navegable útil se reduce a unos pocos kilómetros con dos carriles de circulación. Cerrarlo es poner un cuchillo en la garganta del suministro energético mundial. Irán lo sabe y lo explota con frialdad.

La capacidad de resistencia asimétrica

Aquí radica la esencia de la asimetría cruel que define esta guerra. Del lado iraní, el régimen es inmune a la opinión pública, a las elecciones y a la prensa libre. Puede aguantar pérdidas humanas y materiales elevadas porque su supervivencia no depende de encuestas ni de ciclos electorales. Su capacidad de resistencia es casi implacable.

En cambio, del lado estadounidense, el desgaste es fundamentalmente político y económico. El precio del petróleo WTI llegó a subir un 50% hasta los $116, y hoy se encuentra en los $92. En consecuencia, la gasolina en EEUU roza los $4 por galón en muchos lugares.

Además, y las encuestas son demoledoras. El apoyo a la guerra ha caído al 39%. Dos tercios de los estadounidenses la consideran innecesaria, y solo un 7% respaldaría una invasión terrestre a gran escala. Precisamente los jóvenes, hispanos e independientes que dieron la victoria a Trump en 2024 le están dando ahora la espalda.

Es que no hay que olvidar que Trump construyó su imagen política criticando las aventuras de Irak y Afganistán, pero ahora descubre, instantáneamente, que la opinión pública estadounidense se niega a repetir aquella experiencia. Su aprobación ha tocado mínimos en el segundo mandato. La vía diplomática no surge de una conversión repentina a las virtudes del diálogo, sino de la pura necesidad de calmar los mercados y enderezar las encuestas.

Diplomacia trumpiana: la zanahoria y el garrote

Luego de la eliminación de Larijani, el interlocutor con el que EEUU ahora prece estar negociando es Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento iraní, exalcalde de Teherán y excomandante de los Guardianes de la Revolución. Figura controvertida, oportunista para unos, hombre del régimen para otros. Ni siquiera está claro que pueda hablar en nombre de todo el poder real, especialmente de los Guardianes.

Las posiciones siguen muy alejadas. Washington insiste en exigencias previas a la guerra. Irán añade demandas inaceptables como reparaciones, garantías de no agresión y hasta ideas de peajes en Ormuz. Mientras, Trump juega a dos bandas: habla de “conversaciones productivas” y alivia algunas sanciones, pero envía marines, fuerzas especiales y elementos de la 82ª División al Golfo. Es la diplomacia al estilo Trump, la de sostener una zanahoria en una mano y el garrote en la otra.

Podría no haber ni victoria ni derrota clara

Entonces, cn este escenario, el desenlace más probable no es alentador. El régimen teocrático está seriamente dañado, pero se mantiene de pie y reconstruyendo capacidad militar a medio plazo. Una amenaza latente en Oriente Medio que obligará a EEUU e Israel a mantener una vigilancia permanente y costosa. Miles de muertos, una economía global sacudida por la disrupción energética y, por sobre todo, la credibilidad estadounidense erosionada.

Es que, nuevamente, en esta guerra prima la asimetría más brutal: para Irán, no perder es suficiente. Para EEUU, no ganar equivale, en la práctica, a una derrota. No se perdió Irak ni Afganistán en el campo de batalla, pero el daño al prestigio, a la confianza interna y a la disposición de los ciudadanos a soportar costes sin resultados claros fue tan grande que “no perder” se convirtió en perder. Y como vimos, Trump no ha logrado persuadir a la opinión pública de que esta guerra era necesaria y justificada.

A fin de cuentas, si acaso estamos viendo el inicio del fin de la guerra, ambas partes necesitan una salida que puedan vender como victoria a sus respectivas audiencias. Trump necesita calmar los mercados y las encuestas. El régimen iraní necesita demostrar que resistió al Imperio. El acuerdo que eventualmente surja será, casi con toda probabilidad, frágil, insatisfactorio y temporal.

Lo peor de todo es que se se han roto dos promesas críticas: no iniciar ninguna guerra y, una vez iniciada, alcanzar una victoria rápida y limpia.

Este artículo ha sido inspirado en el inmejorable trabajo de Fernando Díaz Villanueva, a quien recomiendo enfáticamente seguir.

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