La devaluación nominal en Bolivia: ilusiones contables y realidades financieras

Bolivia ha decidido por fin llevar el tipo de cambio nominal a la par del real, después de más de quince años de paridad fija. Esta medida no es un simple ajuste técnico. Es un reconocimiento explícito de que la moneda local ha perdido valor frente al dólar y de que el sistema financiero opera bajo tensiones acumuladas que ya no se pueden disimular. Pero antes de entrar en los efectos concretos, conviene aclarar dos confusiones frecuentes que distorsionan el debate.

El tipo de cambio fijo no equivale a un control de precios

Mantener un tipo de cambio nominal fijo no es lo mismo que fijar el precio del pan o de la gasolina por decreto. En el caso de una moneda fiat, el tipo de cambio fijo representa un compromiso del emisor —el Estado, a través de su banco central— sobre el valor de su propia promesa de pago. El boliviano no es un bien producido en el mercado libre; es un pasivo del gobierno. Fijar su precio en dólares equivale a definir en qué términos el Estado honrará esa promesa.

Cuando se devalúa, no se está “corrigiendo un precio distorsionado por el mercado”. Se está modificando unilateralmente los términos de una deuda que el Estado contrajo al emitir la moneda. Esa distinción es fundamental porque cambia todo el análisis posterior.

El tipo de cambio flexible tampoco es un mecanismo de mercado puro

Muchos celebran el paso a un tipo de cambio más flexible como si ahora las fuerzas del mercado determinaran el precio del dólar. Esa visión es incompleta. Un tipo de cambio verdaderamente libre requiere que exista libertad monetaria: que los agentes puedan elegir qué moneda usar, ahorrar y contratar sin que un organismo central controle la cantidad de dinero en circulación.

En Bolivia el Banco Central sigue siendo el monopolio emisor. Decide cuánto boliviano crear, a qué ritmo y con qué destino. Mientras esa estructura de planificación central monetaria permanezca intacta, cualquier “flotación” seguirá siendo administrada. El mercado no fija el precio del dinero cuando una sola entidad controla su oferta. Lo que cambia con la unificación es que se reduce la brecha entre la ficción oficial y la realidad del mercado paralelo, pero el control sobre la cantidad de bolivianos sigue en manos del Estado.

La moneda fiat no es un activo real, sino deuda estatal

El boliviano es un activo financiero, no un activo real. Representa una promesa del emisor de entregar poder adquisitivo futuro. Cuando se emite más moneda sin respaldo o solvencia real equivalente, esa promesa se diluye.

La devaluación nominal significa exactamente eso, permitir que el gobierno pague una cantidad y una calidad menor de deuda de la que se comprometió originalmente. No es un ajuste neutral. Es una forma de repudiar parcialmente la promesa hecha a quienes aceptaron bolivianos como medio de pago, ahorro o contrato. El Estado entrega menos valor real del que había comprometido cuando emitió esa moneda.

Más aún, es una transferencia de poder adquisitivo desde quienes mantienen bolivianos (ahorristas, salarios, contratos en moneda local) hacia el emisor y quienes acceden primero a la nueva liquidez. Esa transferencia no crea riqueza; solo la redistribuye.

La devaluación y el sistema bancario: el núcleo del problema

Los efectos más importantes y menos discutidos de esta medida se producen dentro y a través del sistema bancario. Los bancos bolivianos mantienen pasivos significativos en dólares frente a sus depositantes. Al mismo tiempo, una parte importante de esos recursos —o de las reservas asociadas— fueron canalizados, directa o indirectamente, hacia el financiamiento de déficits públicos a lo largo de los últimos años.

Un ejemplo concreto y relevante es el caso de aproximadamente $2.500 millones que el gobierno “tomó prestados” de la banca (provenientes del encaje legal u operaciones similares). Esos recursos fueron utilizados para financiar el déficit fiscal. La banca, a su vez, los debe a los depositantes en dólares.

Cuando el tipo de cambio nominal sube de manera abrupta, el valor en bolivianos de los activos que los bancos mantienen vinculados al Estado aumenta de golpe. En los balances contables expresados en moneda local, el patrimonio parece fortalecerse. Los pasivos en dólares también se revalúan, pero el efecto neto en los estados financieros puede presentarse como un alivio contable.

Esa es precisamente la razón por la que muchos dentro del sector bancario ven la medida con buenos ojos. Desde una perspectiva puramente contable y de corto plazo, la revaluación de activos en bolivianos mejora ciertos ratios y reduce la apariencia de descalce. Sin embargo, esa mejora es nominal y temporal. El gobierno sigue sin devolver esos $2.500 millones en dólares reales, y la banca sigue debiéndolos a sus clientes.

Ilusión contable versus solvencia real

El principio de prudencia contable exige reconocer las pérdidas cuando son probables y no esperar a que se materialicen de forma irreversible. La devaluación no resuelve la escasez real de dólares disponibles en el sistema. Solo cambia la unidad de medida en la que se expresan los balances. Los dólares que no existen siguen sin existir. Los depositantes que exijan retiro en moneda extranjera o que busquen preservar poder adquisitivo seguirán presionando sobre reservas limitadas.

El alivio contable que celebran algunos bancos se sostiene mientras el Banco Central esté dispuesto a proveer la liquidez en bolivianos necesaria para atender conversiones y evitar corridas. Esa liquidez adicional significa, en última instancia, más emisión de moneda local. El costo se traslada al conjunto de la economía a través de mayor presión inflacionaria y pérdida de confianza.

Efectos sobre depositantes y sobre la intermediación financiera

Los depositantes en dólares enfrentan un dilema práctico. Si retiran en dólares, se topan con la escasez existente. Si convierten a bolivianos al nuevo tipo de cambio, reciben más unidades nominales, pero esas unidades pierden valor con el tiempo por la propia dinámica inflacionaria que la medida contribuye a alimentar.

En paralelo, los bancos se ven incentivados a mantener o incluso ampliar posiciones que dependen del apoyo del emisor central. La intermediación financiera sana —la canalización de ahorro genuino hacia inversión productiva— se debilita cuando los balances se sostienen más por revaluaciones nominales que por generación de valor real. Los incentivos se distorsionan: se premia la capacidad de obtener liquidez del Banco Central antes que la prudencia en la gestión de riesgos cambiarios.

La confianza como requisito previo a cualquier estabilidad

Ninguna revaluación contable restaura la solvencia genuina del sistema. Esa solvencia depende de que el público crea que sus depósitos en dólares están respaldados por dólares reales y disponibles, y de que el gobierno no volverá a echar mano de esos recursos —directa o indirectamente— para cubrir necesidades fiscales. Mientras persista la percepción de que los depósitos pueden ser canalizados hacia el financiamiento del déficit, la confianza seguirá erosionada.

La medida actual reduce una distorsión visible (la brecha entre tipo oficial y referencial), pero no elimina la causa estructural que es la falta de separación clara entre el dinero de los depositantes y las necesidades de financiamiento del Estado.

Dolarización como salida coherente con la prudencia

Frente a estas dinámicas, la dolarización plena ofrece una vía más consistente con el principio de prudencia. Al adoptar el dólar como moneda de curso legal y de reserva, se elimina el riesgo de devaluación interna, se alinea la unidad de cuenta con la moneda en la que ya opera gran parte del comercio y de los contratos internacionales, y se reduce drásticamente la capacidad del Estado de financiar déficits mediante emisión.

No se trata de una solución mágica ni exenta de costos de transición, pero sí de un cambio institucional que aborda de raíz el problema de la moneda fiduciaria controlada centralmente. Mientras se mantenga el monopolio de emisión en manos del Banco Central, cualquier ajuste cambiario —fijo, flexible o intermedio— seguirá siendo vulnerable a las mismas presiones que hoy obligan a esta unificación.

Lo que está en juego

La devaluación nominal que se está implementando es, en esencia, un ajuste contable que reconoce una pérdida de valor ya ocurrida en los hechos. Los bancos pueden celebrarla porque mejora temporalmente sus balances expresados en bolivianos. Los depositantes y el conjunto de la economía pagarán el costo a través de mayor inflación y menor confianza.

La ilusión de que un cambio en el tipo de cambio nominal resuelve problemas de liquidez y solvencia reales es precisamente lo que impide avanzar hacia reformas más profundas. Mientras se siga tratando a la moneda como un instrumento de política en lugar de como un bien de propiedad privada sujeto a reglas claras, los ciclos de tensión cambiaria y ajuste nominal se repetirán.

Todo este análisis —la naturaleza de la moneda fiat, los efectos sobre el sistema bancario, la diferencia entre alivio contable y solvencia real, y la conveniencia de opciones como la dolarización— está desarrollado con mayor detalle y datos históricos en mi libro Auge y Decadencia de Bolivia (2003 – 2023): Ciclo Austríaco, Value Investing y Dolarización.

La discusión pública sobre estos temas no busca generar alarma, sino contribuir a entender las consecuencias reales de las decisiones que se toman hoy.

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