La civilización que Occidente vuelve a defender

Hacía tiempo que Washington no hablaba así de su propia civilización. Reagan lo hizo frente al Muro de Berlín, cuando recordó que la libertad occidental no era una abstracción, sino una herencia que Estados Unidos tenía la responsabilidad de defender. Trump lo ha hecho contra la cultura de la vergüenza que se ha instalado en universidades e instituciones. Ayer le tocó a Marco Rubio, secretario de Estado, ante la Acrópolis afirmando que Occidente o se defiende, o se resigna a la atrofia, la servidumbre y la decadencia. No pidió perdón. Pidió aliados que no se avergüencen de lo que heredan.

Rubio habló con el Partenón detrás, dijo que no quiere aliados encadenados por la culpa, que el nacionalismo se convirtió en una palabra sucia, que se derribaron monumentos y que se enseñó a los hijos a avergonzarse del país que iban a heredar. Tiene razón incuestionable en el diagnóstico, pero se queda corto en la genealogía.

El relato que acaba de dar en Atenas es el de siempre, el de Grecia, Roma, la Ilustración, Filadelfia, y no está mal, pero justamente a él, al menos en este discurso, se le escapó nada menos que la influencia hispana en la construcción de lo que hoy es Occidente, pues, sin ese aporte, América queda contada a medias. Sucede que la libertad que Rubio hace bien en defender no nació solamente en Edimburgo ni en la Pnix, sino que ya estaba en Salamanca con propiedad, consentimiento, límite al tirano, precio de mercado, dignidad del indio como persona. Llegó a Locke, a Adams y a Jefferson. Reapareció en Cádiz, donde la palabra liberal se utilizó por primera vez como nombre político, y en las juntas de 1810. Eso no es folclore de octubre, sino la otra mitad de la civilización que el secretario de Estado pide defender sin pedir perdón ni complejos.

El Mes de la Herencia Hispana sigue abierto. El año es el 250 aniversario de La riqueza de las naciones y de la independencia de Estados Unidos, y el discurso de Rubio no tendría que defender a Occidente como producto casi exclusivo del mundo anglosajón, dejando implícitamente a España como un expediente de cargos. Quien compre esa versión va a defender Occidente solamente a medias, y va a heredar un complejo también implícito.

Occidente sin complejos: una gran nación de varios países es un ensayo escrito a sobre una exlicación mucho más robusta de sus orígenes. Cada capítulo arranca por la acusación que más circula —genocidio, escolástica oscurantista, Constitución de Cádiz irrelevante, Fundadores hipócritas— y la desmonta. No niega la conquista ni la esclavitud. Niega que eso sea toda la historia, y que la libertad moderna sea patrimonio de un solo país. Varios Estados, una sola nación: la de Ludwig von Mises, hecha de comprensión cultural, no de raza ni de bandera.

Si Rubio quiere aliados que no se avergüencen de lo que son, el mundo hispano tiene que saber de qué es heredero. No de una leyenda negra. De una tradición que ya había pensado la libertad antes de que Filadelfia la constitucionalizara.

Porque defender Occidente también significa defender su memoria completa. Y esa memoria no termina en el Canal de la Mancha ni comienza en Filadelfia. Pasa por Atenas y Roma; por Salamanca, Cádiz y las independencias americanas; y llega hasta una nación estadounidense que, en Reagan, volvió a recordar que una civilización sobrevive también cuando sabe nombrar aquello que merece ser defendido.

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