Mazzucato y el enigma del estatismo

Antes de que siga pasando el tiempo, necesito hacer un comentario breve sobre una noticia que ha estado dando vueltas tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación donde escriben algunos destacados columnistas interesados en esta materia.

Se trata de una ponencia Mariana Mazzucato, con más de medio millón de visitas en el sitio de TED Talks, titulada Government-Investor, Risk-Taker, Innovator, cuya tesis central -por si no ha quedado claro ya en el mismo título, y haciendo recuerdo a aquella infame frase de campaña de Barack Obama de “You didn’t build that“- es que aquellas empresas como Apple, Google o Microsoft existen gracias a la intervención del Estado, que es quien a fin de cuentas realmente innovaría y tomaría riesgos empresariales.

mazzucato

Mariana Mazzucato

En realidad el Estado siempre aparece tarde, mal o nunca. Apple está ahí desde mucho antes, no desde que los productos ya fueron testeados por el mercado y el Estado decidió intervenir para desviar el objetivo final de su producto y finalmente anotarse a sí mismo el punto a favor. Mazzucato, en representación del Estado, tiene una memoria selectiva respecto de lo que quiere destacarse del mundo tecnológico, respecto de lo que ha tenido y no ha tenido éxito gracias al Estado; le gusta mencionar al iPhone de manera recurrente, pero no ha mencionado pues ni un sólo proyecto tecnológico que haya fracasado por culpa del Estado, como los proyectos de la NASA imposibles de financiar voluntariamente, que no son en absoluto una prioridad de bienestar del ser humano (para la que se supone que para eso está el Estado), que muchos menos son oportunos, que jamás terminan porque el atraco a la ciudadanía para financiarlos no se termina, que jamás son objeto de demagogia cortoplacista del gobernante de turno, y que, por el contrario, están siendo ampliamente superados, y a pasos agigantados, además, por la iniciativa privada de, por ejemplo, Virgin Atlantic de Richard Branson.

Lo que sucede, sólo para empezar, es que Mazzucato -de entrada- confunde dos cosas fundamentales y muy diferentes entre sí: el financiamiento del producto de innovación (en este caso el iPhone), y el mimso proceso del desarrollo de aquel producto, desde la sola idea de que exista en la mente de una persona, hasta la manera que ésta imagina la cara que tendrá quien lo adquirió por primera vez luego de hacer una fila de una semana en la puerta de la tienda.

“¿Dónde están las Google europeas?”, se pregunta Mazzucato. Pues si como Schumpeter tuvo muy bien a identificar al empresario como el motor de la innovación, y si por casualidad encuentra algún vínculo entre el libre ejercicio de la función empresarial y el bienestar, notará que las distintas versiones de Silicon Valley han sido creadas de manera espontánea ahí donde existe mayor libertad económica relativa, aquella por la que no es precisamente más conocido el Viejo Continente.

Este es pues el problema de los economistas del siglo XX, con estructuras mentales del XIX aplicadas al XXI: en economía todavía se piensa que todo lo que se produce tiene que ser tangible, medible y valer lo mismo para todos; piensan que si una empresa no es como la de Henry Ford con una línea de montaje industrial, no es empresa. La innovación en realidad empieza en la mente, en la razón del ser humano, aquella de la que carece el Estado, aunque quienes formen parte de él pretendan mostrarlo como un ente omnisciente. El mismo Stiglitz ya manifiestaba frustración en su reciente The Innovation Enigma al momento de que la ciencia y tecnología hablen el mismo idioma con la economía como él y los suyos la conciben.

Qué desfachatez la de Mazzucato al decir que es el Estado el que toma riesgos empresariales. ¿Acaso fue el Estado el que estuvo estuvo al lado de Steve Jobs cuando, en la búsqueda de Apple, dormía en los sofás de sus amigos? Todo empezó en la cabeza del propio Steve Jobs, el diseño que tenía en mente para mejorar tipografías. Desde luego que no todo, pero gran parte del éxito de Apple y, a su vez del iPhone, está en el diseño; hay muchos otros celulares que tienen una mucho mejor experiencia de uso, pero nuevamente quedarán frustrados quienes quieran descubrir qué es lo que sucede en la mente de un individuo para actuar en consecuencia y comprar el iPhone, ese es ya un tema de los psicólogos, pero los economistas como Mazzucato dudan que los hombres deben ser libres para pensar y actuar en consecuencia para tener éxito, mejorando la calidad de vida de cuanta gente ni siquiera imagina.

En este sentido, ¿Mazzucato no se ha puesto a pensar qué hubiera sido de Apple si Steve Jobs no hubiera sido capaz de idear cómo salir adelante, en vez de que el Estado decida lo que es mejor para él? Cuando Mazzucato piensa en el iPhone como una verdad revelada de la benevolencia del Estado, no sospecha que el financiamiento de aquel producto es financiado con los impuestos que cobra a millones de otros Steve Jobs potenciales, que antes de siquiera ponerse a pensar en cómo financiar el producto y prueba en el mercado, tienen que ver la manera de llegar a fin de mes para pagar impuestos. Y ni hablar de Nikola Tesla, que tiempo le faltaba al pobre para firmar todos los papeles de subsidio que recibía del Estado.

¿Es el Estado el que corre con los riesgos empresariales? Cuando un empresario se equivoca y comete errores de juicio empresarial, las consecuencias las asumen él y su entorno, pero cuando cuando el Estado comete un error emprearial -si acaso alguna vez lo reconoce y además actúa consecuentemente-, las consecuencias las paga la sociedad entera. De esta manera, uno diría que cualquiera es capaz de hacer apuestas y correr riesgos con dinero ajeno, pero ni siquiera es así, para poder hacerlo no hay que ni siquiera tener un mínimo de escrúpulos, aquellos de los que carecen los defensores de la coacción estatal siempre contra terceros, y no contra ellos mismos, además.

El Estado sólo está para estorbar la innovación y, por tanto, la coordinación en tiempo y espacio de las prioridades de los individuos que legítimamente actúan resolviendo los problemas de gente que no conocen para salir adelante; los productos de la innovación que han tenido éxito son una realidad no gracias al Estado, sino a pesar de él; aquellos productos de la innovación financiados por el Estado que han fracasado una vez testeados por el mercado, no se los conoce.

¿Cuándo será que los funcionarios como Mazzucato dejen de justificarse y dejen de vivir de los impuestos, para convertirse en Steve Jobs, ya que resulta tan cómodo y fácil como trabajar para el Estado?

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