La desaceleración, otra vez

Superlucho anda nuevamente al ataque, esta vez en el foro organizado ayer por CAINCO. El superministro ha llegado a afirmar que Bolivia es un país que crece pero que no es emergente, que la economía del país mejora pero gracias a la inversión pública y no la privada que cae, y que el hecho de ser la economía que más crece en la región sería elemento suficiente para garantizar la máxima calificación de su diagnóstico y prescripción.

Por fotruna, y aunque luego de mucho, la discusión sobre las causas de la desaceleración de la economía y la solidez de su crecimiento son motivo de cada vez mayor debate. Respecto de los datos, los reajustes sobre las proyecciones de crecimiento del país a la baja son cada vez mayores y diversos, pero ninguno constituye motivo de optimismo: el propio Superlucho ajusta sus previsiones para 2015 del 5.9% al 5.2%, el Banco Central del 5.9% al 5%; la CEPAL sostiene que el crecimiento en 2015 será del 5%, el Banco Mundial un 4,8% y el FMI un 4,3%. Seguirá siendo el crecimiento más elevado de la región pero veamos el motivo detrás de la fuerte desaceleración desde hace al menos un par de años.

Los problemas son fundamentalmente de dos tipos, pero causados por el Estado con la propia firma de su Ministro de Economía y Finanzas, aunque con ayuda y complicidad relativamente ingenua de un empresariado privado que ha perdido la poca perspectiva que alguna vez llegó a tener.

Por un lado, el Gobierno, y Arce Catacora en particular, no terminan de sospechar siquiera que el problema detrás de la considerable desaceleración de la economía no está en una falta de demanda agregada, sino en un exceso de oferta monetaria y crediticia.

El primer problema de este exceso de oferta, que ni por casualidad se advierte como responsabilidad directa y exclusiva del gobierno, es que la inflación consecuente termina descoordinando todo el aparato productivo, es decir, dificulta el encuentro entre la oferta y la demanda; la inflación bloquea o modifica pues las señales (precios) a través de los cuales los empresarios se guían y toman decisiones respecto de lo que debe y no debe producirse, cómo, cuánto, dónde, etc. Todo lo que sobra en un lugar es lo que falta en otro., y esto constituye un serio problema de mala asignación de recursos.

Esto no lo sabe ningún ministro, claro, porque primero tendría que haber sido empresario o un economista que conoce y estudia la teoría de mercado a profundidad.

Y por el otro lado, el efecto expulsión o crowding out. Toda vez que Arce Catacora apunta que el crecimiento se sostiene en la inversión pública, que en lo que va del año ha crecido en un sideral 32 por ciento más que en el mismo periodo de 2014, y no en la iniciativa privada, debe saber, así como el empresariado cruceño de la CAINCO y la Federación de Empresarios Privados de Santa Cruz, por sus declaraciones, que de un total de recursos de una economía, cada centavo que el gobierno gasta, es un centavo que el empresario privado deja de invertir, y que el problema no está primero en la necesidad de condiciones para invertir, lo cual no se traduce más que en privilegios que se pretende conseguir del Estado, sino en la falta de respeto por los derechos individuales de propiedad de cada ciudadano por igual, sean empresarios afiliados, nacionales, internacionales o no.

Poco sería preguntar a Arce el motivo por el que entonces exige al empresariado invertir mientras él gasta cuanto acapara y expropia, a la vez que pretende no sólo redirigir de manera forzosa el destino de sus inversiones, y quedarse mediante impuestos con lo que pueda ganar con el fruto del esfuerzo del empresario como recompensa, y finalmente determinar cuáles son las prioridades de la población en su conjunto.

Para peor, obliga a la banca a redirigir el destino de su cartera crediticia sin advertir antes que afecta el rendimiento y la eficiencia del sector bancario, y que deteriora rápidamente y con mucho su balance, disponiendo de recursos que no son en absoluto de libre disponibilidad: los depósitos en el sistema financiero, los aportes a jubilación y las reservas internacionales.

¿Rescatará más tarde el Gobienro a la banca? ¿Lo hará mediante mayor emisión crediticia y monetaria que la demasiado abundante que ya significa la bolivianización? ¿El Banco Central de Bolivia terminará de convertirse de nuevo en el que fue hasta 1985?

Lo primero, una vez más, es dejar de gastar a manos llenas, detener el crédito fácil y su redirección forzosa, y no pretender compensar la caída de ingresos mediante impuestos. Antes de siquiera ponerse a pensar en redistribuir riqueza, primero es necesario generarla, y este es el camino exactamente opuesto.

Por si fuera poco, aquí existe pues una confusión generalizada entre factores cuantitativos de crecimiento y cualitativos de inversión y correcta asignación de recursos. El emprendimiento y la libre empresa son los únicos capaces de generar valor en una economía, y la intervención del Estado la impide por definición. Con todas las salvedades, el Estado en Bolivia produce gas, nada más.

Es pues importante señalar y repudiar la desmedida arrogancia del Ministro Arce Catacora en determinar las prioridades del conjunto de la población y decidir deliberadamente a quiénes terminará beneficiando primero en desmedro de todos los demás, si gastará e invertirá en determinado lugar antes que en otro, si otorgará concesiones a alguna gran empresa o concederá beneficios sociales a tal o cual sector que lo demande, para que quienes los reciban luego o para quienes ni siquiera los reciban encuentren siempre precios más elevados en el mercado después, si es que además encuentran lo que buscan y la economía no empieza a reportar escasez relativa, sino ya generalizada como en Venezuela, Argentina y Brasil.

Y ojo, no se trata de que Arce se vaya, sino de que asuma y corrija a tiempo, que el gasto y la inversión pública a manos llenas se detenga hoy para crecer de manera sana y sostenida en base a la generación de valor del legítimo emprendimiento en condiciones de libre competencia, y no de las ocurrencias megalomaníacas y ocurrentes, y los cálculos arbitrarios y limitados de Arce u organismo internacional alguno.

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