Escuela Austriaca, teoría del ciclo y value investing

Por: Mauricio Ríos García [i]

El vínculo entre la Escuela Austriaca de Economía y el Value Investing, o el método de inversión en valor, que les ha permitido a inversores como Peter Lynch lograr rentabilidades anuales promedio de hasta el 29% durante 13 años continuos, o como Warren Buffett, que ha alcanzado rentabilidades anuales promedio del 21% desde 1965 hasta hoy, no es antojadizo. Se ha ido haciendo cada vez más popular con, por ejemplo, la explicación que los austriacos tienen sobre las causas de la Gran Recesión de 2008, la peor crisis económica internacional desde la Gran Depresión, o el hecho de que Buffett haya llegado a ser el hombre más rico del mundo justamente en esa misma época tan adversa.

Esta escuela de pensamiento económico tan poco convencional y la metodología de inversión en valor son complementarias porque la primera se dedica al análisis de fenómenos económicos, al análisis de los procesos y las instituciones que permiten a los individuos convivir en sociedad, mientras la segunda se dedica al análisis del resultado práctico de la manera en que los individuos actúan e interactúan en busca de mutuo beneficio en ese contexto, es decir, de las empresas que se han constituido y se desempeñan en esos entornos mencionados.

No son pocos los autores que han tratado de explicar dicho vínculo,[1] pero los aportes de ambas disciplinas son tan extensas y profundas, que una nueva manera de explicarlo no puede dejar de constituir un aporte igualmente válido.

De los métodos más adecuados y sus aportes más importantes

Entre otros aspectos, algunos de los primeros vínculos entre austriacos y value investors es que ambos asumen el hecho de que el futuro no es predecible y que, por tanto, la incertidumbre que de él deriva es mejor asumida con métodos de análisis cualitativos y de largo plazo, antes que cuantitativos y de corto plazo; identifican ciertos patrones de conducta pautada en los individuos y las empresas que conducen y en las que se desempeñan; saben diferenciar el precio de mercado de las acciones de una empresa y el valor de la misma; e invierten únicamente a largo plazo, dado que las circunstancias que determinan la generación de valor de mercado en una empresa no cambian de la noche a la mañana, ya sea porque el precio de las acciones de la empresa se ha disparado o se ha desplomado.

Por ejemplo, uno de los aciertos y aportes científicos más importantes de la Escuela Austriaca de Economía es el análisis de los fenómenos sociales con la metodología adecuada, es decir, sin caer en los vicios del utilitarismo extremo de la metodología de las ciencias naturales, aquellos a los que F.A. Hayek, uno de los máximos exponentes de esta tradición de pensamiento, calificó como “cientismo”;[2] los fenómenos sociales son, pues, comparativamente hablando, mucho más complejos que los naturales. La Escuela Austriaca ha señalado que, como diría Ludwig von Mises, probablemente el mayor exponente de la mencionada Escuela, que, contrariamente a lo que de manera común se presupone, “la teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata sobre los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las acciones humanas que de aquellas derivan. Los bienes, mercancías, la riqueza y todas las demás nociones de la conducta, no son elementos de la naturaleza, sino elementos de la mente y de la conducta humana.”[3]

En este sentido, en su libre y permanente actuar e interactuar, los hombres han dado lugar a la existencia de una serie de instituciones como el lenguaje, el derecho o la familia, que permiten la convivencia en sociedad, pero que no han sido creadas de manera deliberada, sino que han surgido de manera espontánea y evolutiva a lo largo de períodos muy dilatados de tiempo, que son de origen consuetudinario. Por tanto, es comprensible, claro, que toda vez que, por cualquier motivo, se pretende bloquear el funcionamiento natural de estas instituciones, por complejas e imperfectas que sean, o se impide a los individuos actuar e interactuar libre y voluntariamente, se deteriora o lesiona la función dinámica y espontánea de la sociedad.

Pero este comportamiento pautado de los individuos es mucho mejor entendido, a los efectos de este artículo, cuando se lo interpreta desde una perspectiva empresarial. Cuando decimos que cada individuo que actúa lo hace para modificar el presente y conseguir sus objetivos en el futuro, se infiere que esto tiene un componente eminentemente especulativo y empresarial, en el sentido de que está alerta sobre su entorno, se da cuenta antes que nadie sobre una oportunidad para solucionar problemas de personas que ni siquiera conoce a cambio de un legítimo beneficio, y que hasta entonces había pasado desapercibida. Por esto, toda vez que se impide el libre ejercicio de la función empresarial, se diluye la posibilidad de solucionar problemas en la economía de la manera más eficiente posible, y, por tanto, de incrementar la capacidad de generación de riqueza de la sociedad.

La Teoría Austriaca de los Ciclos Económicos

De la misma forma, uno de los desarrollos teóricos más sólidos e importantes que la Escuela Austriaca ha desarrollado a lo largo de su extensa historia de pensamiento, es la Teoría Austríaca de los Ciclos Económicos. Entre otros aspectos esta teoría permite identificar en la manipulación deliberada de una institución de origen espontaneo y evolutivo tan importante como la moneda, la causa detrás de los períodos recurrentes de auge y recesión al menos desde la era de la Revolución Industrial.

De manera más precisa, cuando las tasas de interés crediticio son fijadas arbitrariamente por debajo de los niveles a los que el mercado las establecería en condiciones de libre competencia, se les dice a los empresarios que la cantidad de ahorro previo disponible para la inversión es mayor a la que realmente existe, y que, por tanto, pueden aventurarse a realizar una serie de proyectos de inversión que de otra manera no serían posibles, y que el riesgo y la incertidumbre respecto de la rentabilidad futura de esos proyectos son asumibles. Sin embargo, a pesar de que en el inicio de ese proceso las cifras de crecimiento pueden ser exorbitantes, más temprano que tarde el mercado termina detectando el hecho de que la gran mayoría de estos proyectos no pueden terminarse y que inevitablemente deben ser corregidos y liquidados en forma de recesión económica.

Value investing: ¿plazos mayores al período del ciclo económico?

El conocimiento sobre la causa de las crisis económicas generalizadas no suele ser considerado como determinante para la toma de decisiones de inversión, ni siquiera para los inversores en valor, e indistintamente de si se trata de estrategias de corto plazo o largo plazo. Esto es así porque, por lo general, se piensa que las crisis económicas suceden por un simple devenir de la naturaleza, que pueden suceder prácticamente en cualquier momento, o, peor aún, que el siquiera ponerse a pensar a qué se han debido exactamente suele ser una pérdida de tiempo para evitar que la economía se siga hundiendo, como afirma la gran generalidad de economistas convencionales.

No obstante, aunque ese conocimiento austriaco general sobre el origen de las crisis económicas valide y además refuercen la inversión en valor, tampoco quiere decir que haya quienes sí sean capaces de hacer predicciones en términos de tiempo, espacio y materia, es decir, de afirmar cómo, cuándo, dónde y qué forma exacta tendría una eventual crisis económica generalizada. A lo mucho que un economista o un inversor puede aspirar con una metodología de investigación y análisis adecuada es a hacer predicciones en términos de causa y efecto, que ya es bastante.

Por muy simplista que esto parezca inicialmente, termina siendo mucho más útil, comparativamente hablando, que cualquier otra metodología enfocada únicamente en la cuantificación del riesgo, que además está sesgada justamente por aquel error previamente mencionado de presuponer que las distorsiones del mercado y eventuales crisis económicas tienen causa en un simple devenir de la naturaleza, como la ya clásica Efficient Market Hypothesis de Eugene Fama, el modelo CAPM de Robert Shiller que tradicionalmente se utiliza en Wall Street, incluso la teoría tradicional de Markowitz, por más ajustada que sea, o la Sharpe ratio, por muy bien calculada que esté; miden lo medible y no lo que realmente importa, que es el poder bregar con la incertidumbre inerradicable respecto de lo que depara el futuro.

La idea de invertir a largo plazo no tiene que ver únicamente con, como apuntamos, el hecho de que las circunstancias que determinan la capacidad de generar valor de mercado en una empresa no cambian de la noche a la mañana, sino con que, además, el empresario e inversor debe saber identificar el período de auge artificial, y además ser capaz de abstenerse y no ceder a la tentación de la expansión crediticia o el crédito artificialmente barato, o debe, al menos, ser lo suficientemente perspicaz para abandonar determinada posición de desventaja inmediatamente anterior al inicio de la crisis.

De esta manera se podría decir que la metodología value puede ser considerada como la manera en que un empresario inversor asume los desafíos del entorno económico, tanto durante la etapa de auge ficticio como durante la etapa de liquidación y ajuste en el ciclo económico. Como dice esta frase de Warren Buffett, “be fearful when others are greedy, and be greedy when others are fearful.”[4]

 Malinvestment y mala asignación de recursos

Lo que hace la metodología de la inversión en valor o el Value Investing, con principios muy semejantes a los de la Escuela Austriaca, e imbuida de aspectos muchos más cualitativos para bregar con la incertidumbre en términos empresariales, que cuantitativos para hacerlo casi exclusivamente respecto del riesgo, es identificar también la distorsión que una cantidad artificial excesiva de dinero genera en el mercado, particularmente entre el precio y el valor de los activos.

Cuando una crisis económica generalizada se inicia, el diagnóstico es casi siempre el de la falta de demanda agregada en la economía. Sin embargo, sabiendo que el crecimiento sano y sostenido de cualquier economía está determinado por el ahorro correctamente capitalizado por el mercado en forma de inversión, y no por el consumo, gasto y sobreendeudamiento, se infiere que la demanda de un individuo está directamente limitada por su capacidad para producir bienes, porque cuantos más bienes puede producir un individuo, más bienes puede recién demandar y adquirir al intercambiarlos. Es por esto que la caída sostenida de la capacidad de producir y generar riqueza de un país está directamente relacionada con la caída de su demanda, aunque la Ciencia Económica predominante lo entienda y explique exactamente al revés.

Cuando en una economía se genera inflación de manera deliberada y típicamente a través de la creación de crédito artificialmente barato y la expansión de la base monetaria para estimular la demanda, se distorsionan los precios relativos de los bienes y servicios, alejándolos, ya sea al alza o la baja, de su valor real efectivo de mercado. A este fenómeno los austriacos le llaman malinvestment o mala asignación de recursos, un fenómeno económico eminentemente cualitativo que observa cómo los recursos en determinado sector económico sobreabundan, y cómo en otro son artificialmente escasos al mismo tiempo.

Una empresa que es capaz de mantenerse en el mercado a largo plazo no sólo significa que es capaz de generar valor satisfaciendo una demanda natural y no estimulada, sino que, además, es capaz de atravesar y superar crisis económicas generalizadas, absteniéndose de cometer los mismos errores cualitativos de inversión que la gran generalidad de empresarios ha cometido sobre endeudándose y adquiriendo una serie de activos durante la etapa de la euforia y el auge artificial aparentemente útiles para el negocio, pero que luego inevitablemente deben liquidar. Es cierto, ir a contracorriente del pensamiento común dominante es doloroso incluso físicamente, pero hay que pensar en frío y tener los pies sobre la tierra para no caer en la tentación del dinero fácil.

Es por esto que inversores como Jim Rogers afirman que “if there’s a huge drop, it’s probably a good time to buy. In terms of panic buying or crisis situations, that’s normally the way to play”; o como Sir John Templeton, sosteniendo que “the time of maximum pessimism is the best time to buy, and the time of maximum optimism is the best time to sell.” Ahora bien, ya dependerá de cada inversor si decide tomar posiciones de inversión en condiciones más extremas y con enfoques más agresivos, con la idea de esperar el peor momento económico posible para quedarse con el último centavo que quede en el mercado, como Baron Rothschild cuando dice “the time to buy is when there’s blood in the streets, even if that blood is your own.”

Burbujas de activos, valor subjetivo y utilidad marginal decreciente

Así como sostiene Philip Fisher, “the stock market is filled with individuals who know the price of everything, but the value of nothing.” Para asumir la etapa del ciclo económico en que se depuran errores cometidos durante la etapa del auge insostenible, y se debe enfrentar la liquidación de una serie de activos que no eran necesariamente indispensables, es como si se estuviera preparando para empezar todo nuevo, y en este mismo sentido también es necesario volver a las raíces también de la teoría.

La Teoría Subjetiva del Valor de Carl Menger sostiene que el valor de un bien no está determinado por ninguna propiedad inherente, ni por la cantidad de trabajo requerido para producirlo, sino por la importancia que un individuo le otorga para lograr sus fines. Más aún, en términos más ajustados de inversión, esos fines tienen una limitante sustancialmente económica. También de acuerdo con Menger, la liquidez se explica por la capacidad que tiene una mercancía o un activo de no perder valor conforme se incrementa su cantidad vendida, o todo activo será relativamente más valioso y líquido dónde y cuándo sea escaso que dónde y cuándo sea abundante.

Esto quiere decir que si durante el auge insostenible la gran generalidad del público ha adquirido una cantidad innecesaria de activos de muy mala calidad o con muy poca capacidad de retener valor conforme pasa el tiempo, y de los que en una nueva etapa de ajuste serán muy difíciles de desecharse o de liquidar a precios aún inflados o de burbuja, entonces cuanto más tarde un empresario inversor en limpiar su balance liquidando malos activos, menores oportunidades encontrará para sostener la solvencia de la empresa misma.

Es importante, sin embargo, tener cuidado al momento de hacer valoraciones. Aquella frase atribuida a Henry Ford, que dice que “una empresa que sólo genera dinero es un negocio pobre,” es muy pertinente en este punto, pues no todo activo cuya cotización haya experimentado un comportamiento histórico al alza de manera extraordinaria es sujeto de una burbuja especulativa necesariamente, así como no todo activo relativamente barato es sujeto de compra.

Asimismo, también es muy importante saber si uno ha sido víctima de la inducción al malinvestment como empresario. Por ejemplo, una grúa, un departamento de una o cuatro habitaciones, un centro comercial o una red de tiendas propia, suelen estar caracterizados por contar con una utilidad muy específica o por ser muy indivisibles y específicos, más aún si la actividad o sector económico al que pertenecen fue particularmente solventada con subsidios o políticas de crédito fácil orientadas al estímulo de la demanda, sin responder necesariamente a una demanda real efectiva de mercado. Así como el mismo Buffett sostiene, “only when the tide goes out you know who’s been swimming naked.”

Timing y volatilidad

Entonces llegamos al punto de preguntarse, con todo este conocimiento articulado entre Escuela Austriaca y Value Investing, cuál es el momento más adecuado para entrar en el mercado, o cuando típicamente surge la coloquial pregunta del millón: “entonces, ¿cómo y cuándo puedo forrarme?”

Las crisis económicas suelen empezar primero en el sector bancario financiero, donde el riesgo, la volatilidad y las decisiones apresuradas terminan consolidando el problema generalizado de cometer errores de juicio de inversión. Sin embargo, invertir a largo plazo no sólo que es menos difícil que hacerlo a corto plazo y guiado por las emociones, sino que al evitar toda decisión impulsiva que provoque que los inversores en general abandonen el mercado ante caídas violentas o ante un incremento de la volatilidad inmediata, vendiendo participaciones por su precio o por lo que cotizan, y no por lo que realmente valen, permite identificar este, precisamente, como el momento ideal en que los inversores de largo plazo las compren si ven que generan valor de mercado de largo plazo, y no si existen simplemente como fruto de un estímulo antojadizo y pasajero de la demanda.

Finalmente, sólo así se entiende que esto no se trata ser optimistas o pesimistas respecto del futuro. Con una actitud y mentalidad correcta para asumir los desafíos de una crisis generalizada se puede perder poco, pero con el conocimiento adecuado y la suficiente perspicacia empresarial e inversora para identificar oportunidades extraordinarias de beneficio en el mercado realmente se puede lograr tanto como los mejores inversores de todos los tiempos. Identificar el problema a tiempo y corregir antes que nadie es impagable.

 

[1] Ver Álvaro Guzmán de Lázaro, Value Investing y Escuela Austriaca de Economía, Rankia, 22/08/2009; Fernando Bernad, Bestinver, Value Investing y Escuela Austriaca de Economía, Bestinver Asset Management, Valencia, 27/11/2010; Juan Ramón Rallo, La Escuela Austriaca y el Value Investing: una hoja de ruta, Instituto Juan de Mariana, 17/11/2010; Diego E. Quijano Durán, Vínculos entre la Escuela Austriaca de Economía y el Método de la Inversión en Valor, Procesos de Mercado, Vol IX, N°1, 2012; Francisco García Paramés, La Escuela Austriaca de Economía: un marco conceptual sólido de base, Value School, 02/02/2018. Ver también Mauricio Ríos García, Literatura austríaca para el inversor, riosmauricio.com, 28/12/2016.

[2] Ver F.A. von Hayek, The Pretence of Knowledge, Lecture to the memory of Alfred Nobel, 11/12/1974.

[3] Ludwig von Mises, La Acción Humana, pp.111-112, Unión Editorial, 2010.

[4] Berkshire Hathaway 2004 Annual Shareholder Letter.

Artículo publicado en Value School.

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