La explicación austríaca de las grandes depresiones

Cuando la caída constante o el decrecimiento del Producto Interno Bruto de un país como el de Estados Unidos, se mantiene durante dos o más trimestres, la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas de aquel país (National Bureau of Economic Research), la considera como una recesión, sin embargo, cuando esta condición se prolonga a lo largo de los años, sucede lo que es una “gran depresión”.[1]

Fueron varias las depresiones que se dieron en Estados Unidos, como la de 1873 luego de la Guerra Civil o como la de 1921, cuando se generó la inflación que financió la Primera Guerra Mundial; pero nunca como la de 1929, que duró más de cuatro años, en la cual el gobierno intervino con una serie de errores monetarios, prolongando su duración por más de tres veces que lo normal.[2]

Incluso se ha citado el anticapitalismo de Marx, pero las construcciones teóricas que buscan mantener la estabilidad de precios del monetarismo y aquellas que persiguen el incentivo del consumo keynesiano parecen ser las únicas alternativas que se tomaron en cuenta para que los agentes económicos formen un criterio respecto de las causas de la actual crisis y, en general, de las grandes depresiones; sin embargo, la Teoría Austriaca de los Ciclos Económicos (TACE) puede ser aún más útil para saber cuánto debemos aprender de las enseñanzas de la historia.

Primero, recordemos lo que sucedió hace ya 80 años, para discutir algunos grandes mitos y falacias construidas con el fin de tratar de refutar la idea de que el libre mercado fue el responsable de la Gran Depresión de 1929, y que solamente la intervención del gobierno del New Deal logró la recuperación de la economía norteamericana. Luego, veamos la crisis actual que también pretende tratarse con mayor intervención de la economía, lo que podría traducirse en consecuencias igualmente devastadoras.

El profesor Hans Sennholz, destacando la estrecha relación entre la oferta de dinero y la actividad económica que la Escuela Austríaca encuentra, anota la primera y más importante de cuatro fases de una gran depresión:

Cuando el gobierno “infla” la oferta de moneda y de crédito, las tasas de interés en un comienzo bajan; las empresas invierten este “dinero fácil” en nuevos proyectos productivos y se produce un boom respecto de los bienes de capital; a medida que el boom se va desarrollando, los costos se incrementan, la tasa de interés se reajusta hacia arriba y las ganancias se resienten; los efectos del dinero fácil se hacen evidentes y la autoridad monetaria, temiendo una inflación de los precios, comienza a disminuir el crecimiento de la oferta de dinero o incluso llega a contraerla. En cualquiera de los casos, la manipulación termina sacudiendo a la economía como si fuese un castillo de naipes.[3]

La Gran Depresión de 1929

A partir de 1921, la Reserva Federal había incrementado la oferta de dinero en aproximadamente un 60 por ciento, provocando efectos de “dinero fácil” para invertir (lo que luego entusiasmó al gobierno intensamente intervencionista del New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt).

Más tarde, llegado el momento en que debía corregirse el efecto inflacionario a mediados de 1929, el gobierno decidió disminuir la oferta de dinero en un tremendo 30 por ciento, por medio de un incremento de las tasas de interés, decisión que generaría el círculo vicioso de las deflaciones y una posterior depresión.[4]

¿Qué provocó el incremento de las tasas de interés? Se desaceleró la economía y el índice bursátil empezó a disminuir hasta terminar en pánico con masivos retiros de fondos en el conocido octubre de 1929.

La crisis actual

Todo empezó entre 2000 y 2001, cuando luego del atentado a las Torres Gemelas el presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, bajó fuertemente las tasas de interés desde 6,5 al 2,5 por ciento en menos de un año para estimular la economía y así poder salvar a la bolsa del colapso de las “puntocom”, aunque no advirtió que la reducción no tenía respaldo y que, por lo tanto, se trataba de una reducción artificial.[5]

El hecho de que los tipos de interés fueran tan bajos hizo que los bancos –que viven de prestar dinero a cambio de un tipo de interés– buscaran desesperada rentabilidad, a base de prestar su dinero a gente que hasta entonces nadie quería prestar (como los ex convictos, por ejemplo), con más riesgo de impago y que pagara un interés superior (hipotecas subprime).[6]

Esto quiere decir que los tipos de interés artificialmente bajos hicieron que el crédito sea accesible sin mayor respaldo que no tener empleo, no tener ingresos ni propiedades, lo que llevó a que los empresarios inviertan en proyectos demasiado arriesgados, provocando una burbuja imposible de saber cuándo reventará, lo cual causó también el retiro masivo de fondos que ni las aseguradoras tenían en ese momento.

Semejanzas

En ambos casos la expansión monetaria generó auges bursátiles artificiales (si bien en la actualidad se recurrió a diferentes instrumentos financieros más sofisticados), presiones inflacionarias y la depreciación del dólar frente a las otras monedas.[7]

En ambos casos la Reserva Federal comenzó a revertir la política de bajas tasas de interés para frenar o disminuir la inflación y el auge bursátil.

En ambos casos hubo un retiro masivo de ahorros por parte del público e imprevisto por el gobierno.

Diferencias

En 1929, cuando empezó la crisis, las familias corrieron a retirar sus ahorros y provocaron el colapso financiero, pero esta vez los depósitos bancarios no estaban asegurados. Nada de eso sucede hoy, porque los depósitos están asegurados, precisamente, gracias a la lección de 1929.

En 1929, el sistema monetario se basaba en el patrón oro, que impedía que la Reserva Federal aumentara la liquidez del sistema si no aumentaban previamente sus reservas de ese metal. Como el oro en manos de la FED no aumentó, ésta no pudo imprimir el dinero que desaparecía por culpa de las quiebras bancarias. En 2008, los bancos centrales de todo el mundo imprimieron dinero para dotar al sistema financiero de liquidez.[8]

En 1929 había deflación y los precios y salarios bajaban continuamente. Eso hizo que las deudas familiares no pudieran honrarse, lo que agravó los problemas financieros de los bancos. En 2008 no sólo no hay deflación sino que hay inflación.

En 1929, la renta per cápita de los Estados Unidos era de unos 6.000 dólares (en precios actuales). Hoy está por encima de los 36.000 dólares. Una caída de la renta de un 25 por ciento cuando ganas 6.000 plantea problemas serios de hambrunas. La misma caída cuando ganas 36.000 es un problema, pero no genera desastres humanitarios.

En 1929, la reacción de los Estados Unidos fue la promoción del proteccionismo y la compra de productos americanos, poniendo aranceles a las importaciones. Naturalmente, la reacción de los extranjeros fue la de poner aranceles a los productos americanos, lo que desencadenó una guerra comercial que perjudicó a todos. En la actualidad no existen economistas documentados que propongan el proteccionismo como la salida a la crisis.

Conclusiones

Todo “rescate” de la economía mediante la expansión crediticia e inflación monetaria siempre degenera en nuevos y más grandes problemas, lo que hace imposible un desarrollo económico estable y sostenido. Para esto hay que tomar siempre en cuenta que para una otorgar una expansión monetaria debe haber un ahorro previo por parte de los ciudadanos; en caso contrario, el “dinero fácil” deriva en proyectos de inversión desproporcionadamente ambiciosos y en los que, por lo general, se termina involucrando el empresario que quiere experimentar en escenarios que no conoce, provocando burbujas financieras que tarde o temprano terminan afectando al sector real de la economía.

La historia ha demostrado que los ciclos económicos son cada vez más benignos, con expansiones más largas y recesiones más cortas; sin embargo, el cambio que se ha producido en Estados Unidos con la elección de Barack Obama ha traído una enorme expectativa con la que hay que tener mucho cuidado: la economía norteamericana es la líder, siendo responsable por un 25 por ciento de la economía mundial, y en tanto no se tengan claras las medidas que el nuevo gobierno vaya a adoptar –seguir interviniendo o no en la economía– el emprendimiento empresarial en cualquier parte del mundo deberá ser cauto, frío y disciplinado.

Publicado en Semanario PULSO y RELIAL.


[1] Alberto Bonadona: “De la recesión a la depresión”. Los Tiempos, 25 de noviembre de 2008.

[2] Roberto Cachanosky: “La crisis del `29 y la actual”. Economía para todos, 22 de septiembre de 2008.

[3] Para estudiar las cuatro fases, buscar: Lawrence W. Reed: “Great Myths of The Great Depression”. Publicado en mayo de 1998, por el Mackinac Center for Public Policy.

[4] El círculo vicioso de las deflaciones se explica cuando los comerciantes tienen que vender sus productos para cubrir al menos sus costos fijos (entendiendo que el precio ya no alcanza para pagar los costes variables), por lo que bajan los precios. Con precios bajando de forma generalizada, la demanda disminuye aún más, porque los consumidores entienden que no merece la pena comprar hoy, si mañana todo será todavía más barato.

[5] Xavier Sala-i-Martin: “Crisis financiera (1): qué ha pasado”. La Vanguardia, 13 de octubre de 2008. España.

[6] Mauricio Ríos García: “¿Nobel para Krugman?”. Red Liberal de América Latina (RELIAL), 14 de octubre de 2008.

[7] Roberto Cachanosky: “La crisis del `29 y la actual”. Economía para todos, 22 de septiembre de 2008.

[8] Xavier Sala-i-Martin: “Crisis financiera (2): 1929”. La Vanguardia 17 de noviembre de 2008. España.

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